sábado, 14 de marzo de 2009

ALMA ERIZADA



Bucólica, inerte, con su mirada en la lejanía.
Todas las tardes se sentaba en la misma banca de la vieja escollera; una y otra vez veía como las olas se estrellaban. Como los recuerdos en su mente. Sólo ellos quedaban y esa espera angustiante que la ahogaba y lentamente consumía sus días.
Los tiempos de felicidad pasaron hacía ya tiempo, el mar cobró, de tiempo en tiempo, con la vida de cada uno de sus tres hijos.
De las pequeñas riquezas que mezquinamente le dio, sólo quedaba su compañero.
Y también había marchado.
En su rostro aun late aquel último beso, dejado en esa escollera antes de embarcar, en sus retinas la última sonrisa, y aquella caricia que todavía le eriza la piel.

©Andrés Rodríguez

PASADO


Después de mucho regresé a la vieja casa de mi niñez, ubicada a quince cuadras de la estación de ferrocarril. Casi cincuenta años que había partido y aun lucía la tranquera.
Envuelto en recuerdos de una infancia y adolescencia transitada por momentos de felicidad y carencias, comencé, sin saberlo, un viaje al pasado.
Por la calle principal, antaño de tierra, todavía quedaban algunos negocios de aquella época, el bar “Cascote”, frecuentado por los borrachines de la zona; en él se encontraba el único teléfono público del pueblo, el otro en la casa del doctor, que rara vez y por emergencias accedía a prestarlo.
Más adelante la pescadería, la peluquería de doña Angelita, allí viernes y sábados se cruzaban todas las historias y chimentos acontecidos; la panadería, donde de madrugada al regreso del baile, compraba facturas recién horneadas.
La escuela primaria , hoy de material y bien equipada , en aquella época con aulas de madera, techo de chapa plagado de goteras, bancos de madera con tinteros de cerámica, tallados los nombres de aquellos que otrora los ocuparon.
Las maestras de grado, me resultó imposible recordar sus nombres, sí sus rostros. Algunos compañeros, el alemán o el gallego, amigos inseparables de aventuras.
En la esquina la cancha de bolitas, donde cambiaban de mano los bolones o la puntera, más allá la pared donde jugábamos a la figurita con la imagen de los cracks de fútbol de la época; una rayuela en tiza en la vereda, redibujada diariamente como si tuviera adquirido ese lugar a perpetuidad.
Una que otra lágrima quiso apoderarse de mis ojos. Retomé el andar, llegué a la plaza. Junto a ésta, la parroquia, regida en aquel entonces por el Padre Ree, poseedor de una visión única. Siempre presto a recibir y pedir donaciones, no quedaba nadie sin dejar el diezmo los domingos y en la semana era el terror de los comerciantes; claro, como él decía, por el bien del pueblo.
Junto a la capilla, el cine, que funcionaba sólo sábados y domingos. Tres películas en la matinée a la que llevábamos de vianda algún sándwich, tortas fritas, empanadas o pastelitos. La parte trasera estaba ocupada por parejas, en el medio matrimonios y allá adelante todos nosotros, los chicos. En ese cine nunca pude ver en pantalla un beso ya que cuando se estaba por producir aparecía la mano del cura tapando la proyección.
Seguí camino hasta llegar a la casa; ahí estaba, atrapada en el pasado. Techo de tejas a dos aguas sembrado de musgo, galería al frente, lugar de encuentro para matear sin perderse quién pasaba. Largas charlas en las noches de verano con vecinos; mientras jugábamos a las escondidas o a la mancha venenosa.
Primero recorrí su entorno, lucía triste, agonizante; la pintura descolorida, el jardín perdido como muchos de mis recuerdos. La quinta ya no estaba, faltaban algunos frutales; el pasto crecido tapando el camino al gallinero donde recolectábamos los huevos.
El abandono era evidente; entré en la casa, me costó trabajo abrir. Ya en su interior todo estaba en orden, cubierto en polvo y soledad.
En el living, las repisas colmadas de fotos familiares envejecidas; en las habitaciones los colchones envueltos a la espera de algún visitante. Ropa en los armarios, vajilla en la cocina; en la pileta una marca amarillenta de la gotas de la canilla que se empecinó en estampar el tiempo transcurrido.
Me senté, cerré los ojos, comencé a escuchar a mi madre en sus rezongos diarios, la voz de mi padre cuando dejaba tareas para el día siguiente, mis hermanos en sus reyertas habituales.
No sé cuánto tiempo permanecí lanzado en recuerdos.
Salí, cerré la puerta pretendiendo dejar allí historias vividas.
El regreso a la estación entremezclado de alegrías y tristezas con sabor agridulce en mi corazón; alegrías por haber recuperado momentos importantes que creí olvidados, tristezas porque ya no estaban aquellos seres y momentos que siempre llevaré en mi interior.
Fue duro, las imágenes de la casa me perseguían. Me detuve frente a la vidriera de un negocio, me reflejé en el vidrio; mi imagen como la de aquella casa mostraba el transcurso del tiempo.
Fueron tan sólo cincuenta años.

©Andrés Rodríguez