viernes, 7 de noviembre de 2008

SIN RETORNO


Llegada la tarde recién se levantaba, en su rostro se leía el mal dormir, tenía en los ojos la pintura del día anterior, su tez pálida mostraba el tiempo que hacía no tomaba sol. De aspecto agradable, mente despierta, cabello largo, negro, se mostraba atractiva.
En su cuarto reinaba el desorden, igual que en su vida,
Habitaba en una pensión de San Telmo; el cuarto no era muy grande, una ventana de reducido tamaño dejaba entrar algo de luz, con baño compartido, en un tercer piso.
Cuando enfrentaba la escalera en la mañana, al regreso, contaba cada uno de esos escalones como pesares en su vida.
Vino a la capital hacía un par de años, trayendo en su bagaje la ilusión de una vida mejor.
Dejó en su pueblo a sus padres y hermanos, cansada de no encontrar un horizonte favorable.
Cuando llegó fue a vivir con un familiar lejano y se puso en campaña por trabajo; en poco tiempo encontró de cadeta, todos le pedían experiencia y ésta era una forma de hacerla. El sueldo demasiado magro apenas le permitía sobrevivir y menos pensar en ir a vivir sola.
Se enamoró de un muchacho y en breve se fueron a vivir juntos, ilusionada con formar una familia.
Transcurrido un tiempo, empezaron los problemas. Él empezó a beber, primero los fines de semana, luego casi a diario; la convivencia se hizo insoportable, comenzó primero a agredirla verbalmente y después físicamente.
Tenía que tomar decisiones, comenzó por separarse y buscar donde vivir.
Regresar de su familiar ya no era posible, volver a su pueblo era afrontar una derrota, alquiló un cuarto y se mudó.
Ganaba para pagar esa habitación sin lujos y con mucho sufrimiento comenzó nuevamente.
En la pensión conoció a unas chicas que trabajaban en una wisqueria. Por noche ganaban lo que ella en una semana, así empezó a transitar la noche. Ya no puede regresar, el camino la llevó demasiado lejos, de la chica de pueblo tampoco le quedaban ilusiones.
Hoy la suelo cruzar cuando oscurece en alguna esquina de San Telmo junto a otras que, como ella, perdieron esperanzas.



©Andrés Rodríguez

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