domingo, 23 de noviembre de 2008

ESPERAME




Sentada en su mecedora, por momentos hamacándose y en otros en inmóvil soledad, aguarda.
Espera transformada en pesada carga, sus fuerzas flaquean, su frágil cuerpo denota el transcurrir de los años.
En su mente atesora las imágenes de aquella a quien espera, mezcla de sentimientos encontrados, amor y rabia, por su ausencia.
Pasaron muchos años desde la despedida. Paula, su nieta, partió en busca de nuevos caminos; desde aquel día, en ella se apagaron los pocos motivos de vida que la acompañaban, llenando espacios con la necesidad de volver a tenerla en los brazos.
Repetía en su mente las charlas en el quincho de la casa; sus ojos se iluminaban con las historias y anécdotas que le contaba mientras disfrutaban de unos mates y tortas fritas, que amasadas con amor preparaba para ella.
Era la hermana del medio de tres hermanos, pero la única que logró llegarle al corazón. Desde bebé tuvieron una conexión muy especial, una simbiosis única las unía.
Sabía que esa espera no era infructuosa, tenía fecha de vencimiento. Por fin vendría a verla con la ofrenda más preciada, su bisnieta, nacida meses antes, para depositarla con amor en sus brazos. Abrumada por la soledad en que transcurrían sus días debía ganarle tiempo al tiempo, que inexorablemente se acaba.
En momentos de crisis y depresión, instantes que sentía carecer de fuerzas, aparecía una luz en su mente, mezcla de deseo, amor y ansias, logrando levantar su cuerpo abatido para no dejarlo marchar.
Cada mañana, al levantarse, reza por un día más, debe llegar al reencuentro. Cada noche, al acostarse, cierra los ojos y comienza un viaje rodeada por el amor de aquellas dos a quienes aguarda.


©Andrés Rodríguez

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