sábado, 15 de noviembre de 2008

EL ENCUENTRO


Amigo de muchos años, perdido en mi pasado, encontré al gallego. Nos dejamos de ver vaya a saber por qué; lo cierto es que la vida nuevamente cruzó nuestros caminos.
En la niñez habíamos compartido buenos momentos, con él y el alemán siempre andábamos juntos, desde la mañana en el colegio hasta que el día se apagaba.
El alemán vivía con su madre y su abuela, en casa de ésta; el padre se había marchado hacía mucho tiempo, dejándolos solos; el gallego con sus padres y una hermana, yo con mis padres y dos hermanos. De una forma u otra, vivíamos momentos que nos marcarían en los años por venir.
A la salida del colegio, la primera parada era la casa del gallego, allí la madre siempre nos esperaba con un sándwich de revuelto de huevo. Una la casa extremadamente modesta, cubría las mínimas necesidades, criaban conejos, gallinas, además de lucir una hermosa y pequeña quinta de donde cosechaban verduras frescas para el consumo diario.
El padre salía de madrugada a su trabajo, era barrendero en la zona de Constitución. Al regreso, cada día, traía pesadas bolsas en su espalda con trozos de mármol que le regalaban. Con ellos había construido la vereda, la mesada de la cocina y todos los pisos de la casa; siempre pensé los miles de días y bolsas acarreadas por esa espalda. De carácter hosco, reservado, de mirada dura, siempre estaba trabajando; no creo haber cruzado, en años de ir a su casa, más de diez palabras. Ahora pienso que la comunicación con sus hijos fue la misma.
La vida del gallego era difícil, recuerdo que de lunes a viernes concurría a la escuela y viernes a la tarde se iba a trabajar a una fábrica de pastas en la capital, donde se quedaba hasta que el domingo por a la tarde regresaba a su casa. Tenía nueve años en esa época y comenzó a cargar sobre sus espaldas pesadas bolsas como su padre.
Aún no sé si el encuentro fue duro, sí estuvo cargado de profunda emoción. Habían pasado casi cincuenta y cuatro años, si cerraba los ojos el sonido de su voz me hubiera llevado a aquellos momentos. Su aspecto denotaba los años transcurridos, casi pelado, semi encorvado, de manos desgastadas, sus ojos profundos demostraban afecto. A él también lo había impactado el encuentro. Nos sentamos en un bar, quería saber de su vida y él de la mía; en ese confesionario improvisado, nos emocionamos, lagrimeamos, reímos y revivimos en recuerdos.
Después de largo rato nos separamos. Nuestras últimas palabras fueron: “espero volvamos a vernos pronto”. En mi interior, esas palabras percibieron el adiós.
Ya el tiempo se nos acababa a ambos.


©Andrés Rodríguez

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