sábado, 29 de noviembre de 2008

LA ENFERMEDAD


Durante años padeció una dolorosa enfermedad. Súbitamente los dolores cesaron, su alegría era inmensa
Quería contarle a todos, llamo su atención un grupo de médicos rodeando una cama, cuando éstos se corrieron observó.
Allí yacía él, inmóvil.

©Andrés Rodríguez

PASADO


Después de mucho regresé a la vieja casa de mi niñez, ubicada a quince cuadras de la estación de ferrocarril. Casi cincuenta años que había partido y aun lucía la tranquera.
Envuelto en recuerdos de una infancia y adolescencia transitada por momentos de felicidad y carencias, comencé, sin saberlo, un viaje al pasado.
Por la calle principal, antaño de tierra, todavía quedaban algunos negocios de aquella época, el bar “Cascote”, frecuentado por los borrachines de la zona; en él se encontraba el único teléfono público del pueblo, el otro en la casa del doctor, que rara vez y por emergencias accedía a prestarlo.
Más adelante la pescadería, la peluquería de doña Angelita, allí viernes y sábados se cruzaban todas las historias y chimentos acontecidos; la panadería, donde de madrugada al regreso del baile, compraba facturas recién horneadas.
La escuela primaria , hoy de material y bien equipada , en aquella época con aulas de madera, techo de chapa plagado de goteras, bancos de madera con tinteros de cerámica, tallados los nombres de aquellos que otrora los ocuparon.
Las maestras de grado, me resultó imposible recordar sus nombres, sí sus rostros. Algunos compañeros, el alemán o el gallego, amigos inseparables de aventuras.
En la esquina la cancha de bolitas, donde cambiaban de mano los bolones o la puntera, más allá la pared donde jugábamos a la figurita con la imagen de los cracks de fútbol de la época; una rayuela en tiza en la vereda, redibujada diariamente como si tuviera adquirido ese lugar a perpetuidad.
Una que otra lágrima quiso apoderarse de mis ojos. Retomé el andar, llegué a la plaza. Junto a ésta, la parroquia, regida en aquel entonces por el Padre Ree, poseedor de una visión única. Siempre presto a recibir y pedir donaciones, no quedaba nadie sin dejar el diezmo los domingos y en la semana era el terror de los comerciantes; claro, como él decía, por el bien del pueblo.
Junto a la capilla, el cine, que funcionaba sólo sábados y domingos. Tres películas en la matinée a la que llevábamos de vianda algún sándwich, tortas fritas, empanadas o pastelitos. La parte trasera estaba ocupada por parejas, en el medio matrimonios y allá adelante todos nosotros, los chicos. En ese cine nunca pude ver en pantalla un beso ya que cuando se estaba por producir aparecía la mano del cura tapando la proyección.
Seguí camino hasta llegar a la casa; ahí estaba, atrapada en el pasado. Techo de tejas a dos aguas sembrado de musgo, galería al frente, lugar de encuentro para matear sin perderse quién pasaba. Largas charlas en las noches de verano con vecinos; mientras jugábamos a las escondidas o a la mancha venenosa.
Primero recorrí su entorno, lucía triste, agonizante; la pintura descolorida, el jardín perdido como muchos de mis recuerdos. La quinta ya no estaba, faltaban algunos frutales; el pasto crecido tapando el camino al gallinero donde recolectábamos los huevos.
El abandono era evidente; entré en la casa, me costó trabajo abrir. Ya en su interior todo estaba en orden, cubierto en polvo y soledad.
En el living, las repisas colmadas de fotos familiares envejecidas; en las habitaciones los colchones envueltos a la espera de algún visitante. Ropa en los armarios, vajilla en la cocina; en la pileta una marca amarillenta de la gotas de la canilla que se empecinó en estampar el tiempo transcurrido.
Me senté, cerré los ojos, comencé a escuchar a mi madre en sus rezongos diarios, la voz de mi padre cuando dejaba tareas para el día siguiente, mis hermanos en sus reyertas habituales.
No sé cuánto tiempo permanecí lanzado en recuerdos.
Salí, cerré la puerta pretendiendo dejar allí historias vividas.
El regreso a la estación entremezclado de alegrías y tristezas con sabor agridulce en mi corazón; alegrías por haber recuperado momentos importantes que creí olvidados, tristezas porque ya no estaban aquellos seres y momentos que siempre llevaré en mi interior.
Fue duro, las imágenes de la casa me perseguían. Me detuve frente a la vidriera de un negocio, me reflejé en el vidrio; mi imagen como la de aquella casa mostraba el transcurso del tiempo.
Fueron tan sólo cincuenta años.

©Andrés Rodríguez

domingo, 23 de noviembre de 2008

TRAS EL MURO



Habían pasado muchos meses desde que me trajeron a este lugar, por un tiempo dijeron no tendría visitas, debía adaptarme al lugar. De todas formas no importó, lo dejado afuera fue causa directa de todo aquello por lo que estoy aquí.
Adaptarme al lugar, las reglas, a los nuevos tiempos que debía afrontar.
Pensaba, ¿adaptarme a qué?, horarios, lugares permitidos, someterme a las directivas de quienes eran dueños de nuestro tiempo.
Creo que era (des)adaptarme a lo otro, cambiar de rutina, reducida a estos muros que nos separan de la realidad que otros transitan.
Según me dicen debía re sociabilizarme, palabra compleja para quien desea renunciar a la sociabilidad, adquirida por años de ejercitarla.
El desafió es no perder la esencia del despertar.
Aquí las horas son marcadas por el no tiempo; desayuno, almuerzo, merienda, cena y la toma de remedios; esos, para aplacar la rebeldía de los espíritus y de esta forma manipularnos mejor. Caminar por el pequeño parque o sentarme a observar los pájaros, dejarme caer en la hierba y allí juguetear con las nubes a la búsqueda de caprichosas imágenes, o simplemente pensar.
Hoy es día de visitas.

Deseo que mi pasado no venga a visitarme.

©Andrés Rodríguez

VOLVER




Sobre aquella mesa, su copa servida, entre angustias se marcho camino la noche, al día siguiente se detuvo frente a su casa toco el timbre, una mujer salio a atender este le dijo, sobre esa mesa deje el dolor y angustia de todos estos años te invito a que vos la tomes .
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©Andrés Rodríguez

ESPERAME




Sentada en su mecedora, por momentos hamacándose y en otros en inmóvil soledad, aguarda.
Espera transformada en pesada carga, sus fuerzas flaquean, su frágil cuerpo denota el transcurrir de los años.
En su mente atesora las imágenes de aquella a quien espera, mezcla de sentimientos encontrados, amor y rabia, por su ausencia.
Pasaron muchos años desde la despedida. Paula, su nieta, partió en busca de nuevos caminos; desde aquel día, en ella se apagaron los pocos motivos de vida que la acompañaban, llenando espacios con la necesidad de volver a tenerla en los brazos.
Repetía en su mente las charlas en el quincho de la casa; sus ojos se iluminaban con las historias y anécdotas que le contaba mientras disfrutaban de unos mates y tortas fritas, que amasadas con amor preparaba para ella.
Era la hermana del medio de tres hermanos, pero la única que logró llegarle al corazón. Desde bebé tuvieron una conexión muy especial, una simbiosis única las unía.
Sabía que esa espera no era infructuosa, tenía fecha de vencimiento. Por fin vendría a verla con la ofrenda más preciada, su bisnieta, nacida meses antes, para depositarla con amor en sus brazos. Abrumada por la soledad en que transcurrían sus días debía ganarle tiempo al tiempo, que inexorablemente se acaba.
En momentos de crisis y depresión, instantes que sentía carecer de fuerzas, aparecía una luz en su mente, mezcla de deseo, amor y ansias, logrando levantar su cuerpo abatido para no dejarlo marchar.
Cada mañana, al levantarse, reza por un día más, debe llegar al reencuentro. Cada noche, al acostarse, cierra los ojos y comienza un viaje rodeada por el amor de aquellas dos a quienes aguarda.


©Andrés Rodríguez

sábado, 15 de noviembre de 2008

EL ENCUENTRO


Amigo de muchos años, perdido en mi pasado, encontré al gallego. Nos dejamos de ver vaya a saber por qué; lo cierto es que la vida nuevamente cruzó nuestros caminos.
En la niñez habíamos compartido buenos momentos, con él y el alemán siempre andábamos juntos, desde la mañana en el colegio hasta que el día se apagaba.
El alemán vivía con su madre y su abuela, en casa de ésta; el padre se había marchado hacía mucho tiempo, dejándolos solos; el gallego con sus padres y una hermana, yo con mis padres y dos hermanos. De una forma u otra, vivíamos momentos que nos marcarían en los años por venir.
A la salida del colegio, la primera parada era la casa del gallego, allí la madre siempre nos esperaba con un sándwich de revuelto de huevo. Una la casa extremadamente modesta, cubría las mínimas necesidades, criaban conejos, gallinas, además de lucir una hermosa y pequeña quinta de donde cosechaban verduras frescas para el consumo diario.
El padre salía de madrugada a su trabajo, era barrendero en la zona de Constitución. Al regreso, cada día, traía pesadas bolsas en su espalda con trozos de mármol que le regalaban. Con ellos había construido la vereda, la mesada de la cocina y todos los pisos de la casa; siempre pensé los miles de días y bolsas acarreadas por esa espalda. De carácter hosco, reservado, de mirada dura, siempre estaba trabajando; no creo haber cruzado, en años de ir a su casa, más de diez palabras. Ahora pienso que la comunicación con sus hijos fue la misma.
La vida del gallego era difícil, recuerdo que de lunes a viernes concurría a la escuela y viernes a la tarde se iba a trabajar a una fábrica de pastas en la capital, donde se quedaba hasta que el domingo por a la tarde regresaba a su casa. Tenía nueve años en esa época y comenzó a cargar sobre sus espaldas pesadas bolsas como su padre.
Aún no sé si el encuentro fue duro, sí estuvo cargado de profunda emoción. Habían pasado casi cincuenta y cuatro años, si cerraba los ojos el sonido de su voz me hubiera llevado a aquellos momentos. Su aspecto denotaba los años transcurridos, casi pelado, semi encorvado, de manos desgastadas, sus ojos profundos demostraban afecto. A él también lo había impactado el encuentro. Nos sentamos en un bar, quería saber de su vida y él de la mía; en ese confesionario improvisado, nos emocionamos, lagrimeamos, reímos y revivimos en recuerdos.
Después de largo rato nos separamos. Nuestras últimas palabras fueron: “espero volvamos a vernos pronto”. En mi interior, esas palabras percibieron el adiós.
Ya el tiempo se nos acababa a ambos.


©Andrés Rodríguez

ENCRUCIJADA


Un mismo camino,
distintas encrucijadas,
miles de amores
salpicados de pasión,
búsqueda interminable
del verdadero conjuro
reencuentro/ pérdidas
morir renaciendo
en angustiosa guarda
de esteros gastados
desorientado en desiertos
hostigo sueños
asido a ilusiones
que desgajan mi alma


©Andrés Rodríguez

EL ESPEJO


Una madrugada, después de ese primer sueño, el más profundo, desperté, el cuerpo bañado en transpiración.
Mi mente atiborrada de pensamientos, buscaba respuesta en los sueños vividos. Me levanté inquieto, mi cuerpo, rebelde con mi mente, sentía contradicciones; me sumergí bajo la ducha, esperando que el frío del agua aclarase mis sentidos. Quedé mirándome en el espejo, me veía como siempre con sensaciones distintas.
No sé cuanto tiempo estuve frente al espejo apoyado con las manos en la pileta. Me detuve a observarme, el cabello teñido en canas, la frente cruzada por arrugas como cicatrices de batallas pasadas, mis ojos, que sin dar cuenta comenzaron a mostrarme momentos de esa lejana niñez .
Me encontré junto a mis amigos. Habíamos formado un círculo, librábando una encarnizada batalla para proteger nuestra caravana, moríamos tan rápido como renacíamos para seguir disparando, nuestras balas eran infinitas como aquellos indios que nos atacaban, una lucha desigual e interminable.
Pronto conducía una diligencia, con gran osadía escapaba de bandoleros que querían apropiarse del dinero que transportaba; como relámpago me convertí en pirata ocultando algún tesoro en una isla lejana, para luego ser corredor ,más tarde policía y en un instante doctor y soldado, conductor de camiones, trapecista , domador, ,piloto, buzo. Me encontré solo en una gran ciudad siendo el único sobreviviente a un holocausto nuclear, y así fui transitando aventuras, por momentos solo y en otros con amigos, pero siempre luchador por el bien y la justicia.
Entonces me reencontré en el espejo, las vivencias todas allí, en mi interior. Miré el reloj, sequé mi rostro, apagué la luz.
Mi mente seguía encendida con todas aquellas imágenes; pensé en dormir, mañana debo sentarme frente al monitor y vigilar aquellos que están en la tienda.


©Andrés Rodríguez

viernes, 7 de noviembre de 2008

UN PASO




Caminó lentamente, se detuvo en el borde de la escollera; lo separaban del agua apenas unos centímetros. La vista perdida en el horizonte, sus ojos bañados en lágrimas decían del profundo dolor que lo embargaba; miles de recuerdos asaltaban su mente, momentos felices y otros muy duros. Era claro que la decisión aun no estaba tomada, sería que carecía de valor o simplemente quería retener en su mente las imágenes que a raudales lo invadían.
Adelantó su pie, el paso sería definitivo. Al instante lo volvió a su lugar, en ese juego macabro de la despedida no podía llegar al fondo de su tragedia.
Sabía que sólo le quedaban dos alternativas, dejarse caer y terminar aquella desdicha o pararse frente a todos y afrontar el camino que años antes eligió.
Había llegado la gran encrucijada, siempre estuvo rodeado de tanta incomprensión como amor.
Después de unos momentos, dio un paso atrás.
La decisión había sido tomada, aferró su celular, llamó y en un ruego pidió encontrarse. Instantes más tarde, frente a su familia, presentó a su pareja.
Sólo dijo: él es Mariano, por el elijo vivir.


©Andrés Rodríguez

GRITOS


escuché todos tus gritos
percibí tus silencios
asimilé
las superficies

te redimí cada instante
comprendí pecados
amé tus plegarias

recibí los pagos de tu deuda
nuevas presencias
en estadios austeros

cuando el regalo sí caía
y los amaneceres dibujaban
nuevas rayuelas en tu alma



©Andrés Rodríguez

SIN RETORNO


Llegada la tarde recién se levantaba, en su rostro se leía el mal dormir, tenía en los ojos la pintura del día anterior, su tez pálida mostraba el tiempo que hacía no tomaba sol. De aspecto agradable, mente despierta, cabello largo, negro, se mostraba atractiva.
En su cuarto reinaba el desorden, igual que en su vida,
Habitaba en una pensión de San Telmo; el cuarto no era muy grande, una ventana de reducido tamaño dejaba entrar algo de luz, con baño compartido, en un tercer piso.
Cuando enfrentaba la escalera en la mañana, al regreso, contaba cada uno de esos escalones como pesares en su vida.
Vino a la capital hacía un par de años, trayendo en su bagaje la ilusión de una vida mejor.
Dejó en su pueblo a sus padres y hermanos, cansada de no encontrar un horizonte favorable.
Cuando llegó fue a vivir con un familiar lejano y se puso en campaña por trabajo; en poco tiempo encontró de cadeta, todos le pedían experiencia y ésta era una forma de hacerla. El sueldo demasiado magro apenas le permitía sobrevivir y menos pensar en ir a vivir sola.
Se enamoró de un muchacho y en breve se fueron a vivir juntos, ilusionada con formar una familia.
Transcurrido un tiempo, empezaron los problemas. Él empezó a beber, primero los fines de semana, luego casi a diario; la convivencia se hizo insoportable, comenzó primero a agredirla verbalmente y después físicamente.
Tenía que tomar decisiones, comenzó por separarse y buscar donde vivir.
Regresar de su familiar ya no era posible, volver a su pueblo era afrontar una derrota, alquiló un cuarto y se mudó.
Ganaba para pagar esa habitación sin lujos y con mucho sufrimiento comenzó nuevamente.
En la pensión conoció a unas chicas que trabajaban en una wisqueria. Por noche ganaban lo que ella en una semana, así empezó a transitar la noche. Ya no puede regresar, el camino la llevó demasiado lejos, de la chica de pueblo tampoco le quedaban ilusiones.
Hoy la suelo cruzar cuando oscurece en alguna esquina de San Telmo junto a otras que, como ella, perdieron esperanzas.



©Andrés Rodríguez