lunes, 6 de octubre de 2008

RUTINA ROTA


La mañana era fresca, en la noche había llovido copiosamente, amaneció un día diáfano. Salí a caminar el pueblo sin rumbo fijo ni tiempos perennes. Los verdes intensos se mezclaban con las hojas amarillas del otoño. Todo estaba en orden.
Como en todo pueblo del interior, se respiraba tranquilidad. Lentamente éste comenzaba su ritmo rutinario; nada salía de lo común. El barrendero acomodaba la calle, los repartidores con su usual recorrido; una que otra vecina aseaba la vereda, algún chico atrasado en su horario se apuraba por llegar a la escuela.
Al dar vuelta la esquina observé algo que no pertenecía al paisaje habitual.
Su andar cansino. La mirada perdida pero atenta a los cestos de basura, que revolvía a la búsqueda de aquel tesoro que lo saciara. Su vestimenta hablaba por sí. Enfundado en prendas de diferente color, emparchadas y desgajadas. Sucias como si hubieran sufrido caóticas batallas. Barbudo, de rostro curtido por el tiempo y avatares.
Comencé a seguirlo. Quise preguntarle. No tuve valor para conocer su historia. Pensé cuál fue el punto de inflexión en su vida.
Atravesó el pueblo despertando curiosidad y rechazo en aquellos que lo cruzaban. Lo seguí con la mirada hasta que desapareció tal como había llegado.
Dejé el lugar y regresé a casa. Al entrar, tomé a mi hijo en brazos y mirándolo a los ojos, no pude más que llorar por aquel ser desamparado.


©Andrés Rodríguez

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