domingo, 26 de octubre de 2008

REALIDAD



Aquel día dejé de mirar a través del cristal que la sociedad pone y que en cada tiempo lo pinta de diferente color.
Cansado de épocas mentirosas y rutinas vanas, salí a caminar.
A la vuelta de la esquina comencé a tomar conciencia de la realidad que nos rodea y que por comodidad o ignorancia no vemos.
Cerca de donde habito, encontré un grupo de jóvenes cuyas edades no superaban los diecisiete años. Me detuve a observarlos, mostraban su condición humilde, de vestir descuidado, unos recostados sobre una pared, otros de pie. Reunidos para pasar el tiempo, lo único de valor que les quedaba, junto a ellos había varias botellas de cerveza y algunos packs de vino que se iban pasando en ronda.
Me acerqué, después de un rato y algunas preguntas logré vencer la desconfianza natural que les infundía.
Cuando la charla se hizo más franca, sus relatos me golpearon descarnadamente.
Sus vidas estaban vacías, algunos habían dejado sus estudios, otros nunca los empezaron; tampoco trabajaban, pero la mayoría decía que no hacia falta siempre se rebuscaban algún mango para birra y faso.
Uno de ellos contó: - mirá vivimos en aquella villa, mi familia es un quibombo, soy el octavo hijo; de los primeros no sé quiénes son los padres y no me interesa. Mi viejo era borracho, nos fajaba a mi vieja y mí. Se dedicaba al afano, nunca se le conoció un laburo, no nos dio nada, sólo broncas. Mi vieja tiene un tipo que no banca, viene y va cuando se le canta, ella labura de sirvienta, apenas nos alcanza para morfar. Yo sólo paso el tiempo en esta esquina dándome con virra y paco, cuando me rebusco un mango-.
Pasé la tarde con ellos, me marché con la carga emocional de la impotencia creada por falta de oportunidades y respuesta.
Llegué a mi casa y escribí esta historia, una de las tantas que hoy nos rodea y no queremos ver.



©Andrés Rodríguez

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