viernes, 31 de octubre de 2008

EL VIAJE




Había llegado el fin de semana, la interminable rutina concluyó, quedaron atrás cinco días; otros tantos de mi vida.
Llegado a casa me esperaba la otra inercia, más dolorosa que la anterior. Al tiempo que transitaba el camino a mi habitación sembraba las ropas, sobre la silla el saco, en el sillón la camisa, el pantalón en algún lugar sobre la cama, una ducha, un café, televisión, las mismas noticias repetidas hasta el hartazgo.
Recostado, casi somnoliento me asaltó la idea de subir al coche y perderme en alguna dirección. Me levante, vestí ropas cómodas y me marché.
No sé por cuántas horas manejé, ni tampoco en qué dirección, no era importante, solo quería huir. La madrugada me sorprendió en un camino poco transitado, detuve la marcha, recliné el asiento y me dormí. Perdí noción del tiempo, cuando desperté percibí una mudez sepulcral. Bajé del coche, caminé observando el entorno a la búsqueda de algún signo de vida, todo era silencio, me encontré perdido. Subí al coche, no funcionaba, esperé en vano que alguien pasara para prestarme ayuda, las horas transcurrían en soledad.
Con el pasar de los momentos me detuve en el paisaje. Austero, sin colores ni árboles o pájaros; durante la recorrida descubrí en la lejanía una casa. Me puse en marcha, caminé largo rato, por momentos percibía que se alejaba, ya tarde llegué. Era una magnífica casa de dos plantas en medio de la nada, de aspecto cuidado; me aproximé golpeando y saludando a viva voz, nadie contestó. Aporreé con fuerza la puerta sin obtener respuesta, quise marcharme pero algo me lo impedía. Me senté en la galería a esperar, después de un rato llamé nuevamente, sin más abrí la puerta, insistí pero nadie respondió. Dentro de la casa ya en el hall, pude observar varias puertas que rodeaban una imponente escalera que llevaba a la planta alta, a mi derecha a diferencia de las otras, una estaba entreabierta, el interior lucia lúgubre , dentro reinaba desorden, sobre una mesa apilados desprolijos, libros y papeles, muebles puestos al descuido, ceniceros llenos. Esa imagen me impactó.
Me dirigí a la habitación que enfrentaba a la anterior, con sorpresa pude abrir la puerta fácilmente, dentro sólo había una mesa y una silla, sin ventanas, apenas una tenue luz que se filtraba por una rendija, permanecí allí largo rato. Me senté, apoyado observé mis manos, arrugadas, gastadas y vacías, así recorrí los ambientes de la planta baja, en cada uno encontré sensaciones que hacía mucho no sentía.
Tomé valor y comencé a subir esa imponente escalera, con cada escalón me iba sintiendo más ligero, sensación de dejar a cada paso pesadas cargas. Al tiempo que ascendía la luz se hacia más intensa, envolviéndome agradablemente.
Cuando llegué a la parte alta, inmerso en esa ensegecedora luz, escuché una voz suave y dulce. Abrí los ojos, me encontré sentado en el coche, frente a mí una hermosa mujer.
Mi viaje había terminado, pasados los años, regresé por el mismo camino. Nunca encontré la casa.
¿Sueños o realidades?

©Andrés Rodríguez

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