sábado, 11 de octubre de 2008

Dejarse ir


Con sus mismos sueños, albergando la misma soledad transitaba sus tiempos. Los amigos, poco a poco, se marcharon.
Estaba solo.
Es difícil que alguien que no transita esos caminos pueda comprender en magnitud su soledad. Él la sentía, había atrapado todo su ser, ya era su compañera de ruta. Aún así luchaba por alejarse, en todo momento le presentaba batalla, dentro de su mente todavía existían anhelos, sueños, esperanzas; sus gladiadores impedían que se dejara ir.
Más de una noche llegaban voces que le hacían saber que era hora de marcharse; allí no quedaba nada, que terminara de una vez el sufrimiento. Las lágrimas bañaban noche a noche su rostro y desgajaba su alma en mil pedazos.
Hacía pocos meses que estaba jubilado, su mujer dejó el camino varios años antes, tampoco estaban sus hijos.
Se planteaba si merecía llevar esa carga tan pesada.
Recorría diariamente cada uno de los espacios de la casa tratando de encontrar aquella felicidad pasada; en su dormitorio todavía estaba la ropa de su esposa, nunca encontró valor para sacarla. El orden era envidiable, todo permanecía en igual lugar desde hacía meses, el mismo que no salía a la calle.
Todo en él era rutina. Se levantaba, hacía prolijamente la cama, limpiaba sobre lo limpio, luego se sentaba en su viejo sillón junto a la ventana y dejaba transcurrir los días.
En las noches las voces se hacían presentes con mayor intensidad, pero no lograba entender qué decían, entre ellas alcanzaba a escuchar la voz de una mujer que le resultaba familiar.
Una tarde, la puerta se abrió abruptamente, entraron en la casa un matrimonio con sus niños, con ellos estaba su hijo, hacía tiempo no lo veía, la última vez fue cuando despidieron a su madre.
Quedó allí sentado, sin decir palabra, los visitantes hablaban y recorrían la casa, alcanzó a escuchar a su hijo decir que esa había sido la casa de sus padres, que era tiempo de venderla.
Indignado se incorporó, mirando a los visitantes les gritó que se fueran, él todavía habitaba allí.
No hubo respuesta, se sintió ignorado, con rabia pegó un puñetazo en la mesa, con el estampido los presentes se dieron vuelta, pero enseguida retomaron la conversación marchándose de la casa.
Todo quedó en silencio.
Esa noche retornaron las voces, esta vez las percibió claras, abrió los ojos, a los pies de la cama estaba ella, su esposa, tendiéndole la mano le dijo dulcemente:
–Ven conmigo ya es tiempo que nos acompañes.
Junto a ella, aquellos que tanto extrañaba.

®Andrés Rodríguez

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