sábado, 6 de septiembre de 2008

EL CHUECO


Se marchó con una sonrisa, en su honor les voy a contar la historia.
Según aquellos que decían conocerlo, había nacido en una estancia de la provincia de Buenos Aires. En aquel entonces el juez de paz pasaba de tanto en tanto anotando los nacidos; a veces lo hacía cada dos años, otras cada cuatro; haciendo un promedio creo que cuando se marchó rondaría los ochenta.
Creció rodeado de peonada, de estudio poco y nada, lo aprendido lo recibió de la tierra y lo mamó de la vida que le tocó transitar.
Desde chico, siempre levantado al amanecer, aprendió todos los quehaceres del campo donde transcurrieron sus días.
De contextura robusta, mediana estatura, tez curtida, ojos claros, manos ajadas, pómulos y nariz coloreadas de vida.
Y chueco, de donde nació su apodo.
El chueco, como lo conocían en todo el pueblo y los parajes vecinos, era afable, dispuesto a tender una mano y siempre una sonrisa en el rostro.
De joven no dejó flor sin picar, esto le acarreó más de una vez tener que zafar de algún enredo comprometido.
Su gran sueño era hacer el servicio militar y de esa forma conocer mundo; no fue posible, le tocó en un cuartel cercano al pueblo.
Aun así no perdió esperanzas, de tiempo en tiempo se quedaba horas en la estación de tren juntando valor para algún día abordarlo.
Otra de sus pasiones eran los partidos de chinchón en el bar-almacén los fines de semana y los fogones de los sábados a la noche, guitarreada, cuentos, asado rociado con vino tinto. Ya amaneciendo, cuando el fuego no calentaba, unas ginebras. De regreso al puesto su caballo se encargaba de volverlo ya que él carecía de lucidez.
Así fue transcurriendo su vida, trabajo duro, pequeños placeres en días libres, tenía por familia la peonada y la inmensidad de amigos que había cosechado.
Se marchó con una sonrisa. En el pueblo aun se le extraña, en la lápida sus amigos tallaron:

“Partió a cumplir un sueño”.

©Andrés Rodríguez

No hay comentarios: