domingo, 21 de septiembre de 2008

encontrarme en tus ojos


encontrarme en tus ojos
sentirte en mi aliento
beber tu sudor
abrigarme en tu cántaro

recorrer con mis manos
senderos de sosiego
trémulos jadeos
de sublimes beatitudes

reapuesta de plegarias
vociferadas al vacío
ecos vibrantes
deseos reencontrados

desierto en almas perdidas
mares inmensos
de lagrimas echadas
oasis del alma donde ya estas

©Andrés Rodríguez

AYER, HOY Y MAÑANA


Trascurrían, los últimos años de su vida, estaba ya en la famosa tercera edad, hacia poco tiempo la jubilación estaba a su puerta y también su realidad.
Trabajo desde los primeros años de su vida, en la primaria, al salir de segundo grado, canasta al brazo, solía recorrer las calles entregando el pan de la panadería del pueblo, su salario por cierto escaso, pan para la mesa de su casa y también alguna que otra factura sobrante del día anterior.
Caminando fatigosamente con su carga a cuestas, iba deletreando, repasando la clase del día, tenia a su corta edad esa chispa interior que lo acompañaría por largo tiempo; en claro estaba, a la vida hay que ganársela y el estaba dispuesto a presentar lucha, una lucha cruel , desigual a esa corta edad, pero su afán superaría todas las barreras.
Así entre el colegio y el trabajo fueron pasando sus días, fue creciendo, capitalizando conocimientos y asimilando errores, aprendió que si debía tener algo solo dependía de el, contaba con esa fuerza interior que arremete y empuja desde adentro, desconociendo abetares y sinsabores, debía timonear su vida para llegar a aquel lejano puerto.
Fueron pasando los años, subiendo por momentos peldaños de a dos y en otros casos cayendo de a cuatro.
Su adolescencia transcurrió con soltura, dueño de esa experiencia única que se gana en la calle y atesoramos en la vida.
Se enamoro infinidad de veces y otras tantas perdió el amor.
Pero llego a su puerta aquella que lo acompañaría, fueron tiempos de lucha, alegrías y sinsabores, ella pronto lo dejo solo, le dejo el maravilloso regalo de ese amor, sus hijos, que lo acompañarían transitando los años venideros. Sin darse cuenta transcurrieron los años, hoy la vida nuevamente trajo dolor, pero también su recompensa , un amor , como aquel que en la adolescencia soñó, amor respetado profundo en inteligencia, dotado de paz, para deleitarlo a sorbos y paladearlo en cada instante.
Hoy la jubilación, tercera edad, últimos años del camino, también los seres queridos y el respeto de quienes te conocen y acompañan, hoy también esa chispa que nunca se apago y brilla con la misma fuerza en tu interior a cada instante.


©Andrés Rodríguez

ANHELOS


Miramos
nadie nos miró.
Gritamos
nadie nos escuchó.
Andamos
lo hicimos solos.
Pedimos
nadie nos dio.
Buscamos
no encontramos.
Por eso hoy
veo grito escucho
camino y me acompañás
busco
y te encuentro a mi lado


©Andrés Rodriguez

UNA TARDE



Llega la tarde, el sol comienza a perder luminosidad.
Todo lo que nos rodea va poco a poco disipando su brillo, el tiempo toma una nueva cadencia. Llega a mí el sosiego del crepúsculo.
Me detengo a observar tu ir y venir, inacabable universo de quehaceres, sumergida vaya a saber en qué mundos. Te miro, te encuentro, estás linda como el día que te encontré. Tu andar pausado pero firme, tu mirada que habla de anhelos y ansiedades, la palabra dulce en el momento adecuado, la caricia a flor de mano dispuesta a albergarme en ese segundo de placer.
Mirarte, lentamente recorrer cada uno de tus gestos, escucharte en cada uno de tu decires. Saber que estás y mañana también. Y pasado. Que nuestros caminos se cruzaron para encaminarse juntos. No más pensamientos solitarios o angustias, hoy ya estás aquí .



©Andrés Rodríguez

domingo, 14 de septiembre de 2008

ORFEBRE




Todos los días hacía el mismo camino, no sólo de vida. Nada pasaba ni alteraba su ritmo. En ese aburrido transitar, iban trascurriendo sus días. No cuestionaba nada, resignado a ese deambular de sensaciones adormecidas había perdido la chispa de la aventura. Dentro de su mente vivía en el sopor de lo previsible. Cada segundo todo igual.
Un día sin saber cómo o por qué, despertó de su letargo. Nada era igual. Ya nada lo conformaba. Comenzó a cuestionar todo.
Primero en su mente y luego, poco a poco, con palabras y hechos descubrió que fuera de su coraza había un mundo. Empezó a demandarle todo aquello, que de alguna manera, se había negado y se preguntó por dónde abordar. Cómo vislumbrar qué era vivir, qué hacer con este sentimiento de dar y recibir, amar, confiar.
Percepciones gratificantes y terroríficas para quién nunca las concibió.
He aquí su disyuntiva. Volver a su estadio anterior o buscar el valor de atreverse a lo desconocido. Se dijo que si todo lo anterior estaba en orden, esto nuevo traía riesgos.

Entonces tomo su decisión.
Dijo: - si un día al levantarme descubrí todo esto, me acostare y veré que pasa al despertar-.

Y así lo hizo.
Durmió y durmió. Un día despertó y nuevamente encontró aquellos cambios.

Esta vez se miró al espejo, se vio arrugado y tembloroso. Entonces comprendió que era tarde.


©Andrés Rodríguez

HOY


quiero que caminemos juntos
déjame tomarte de la mano

deja que inscriba
esta sensación de seguridad
que me brinda tu amor

ven caminemos juntos
quiero contarte y me cuentes
verte / me veas
sentirte / me sientas

dejemos que el paisaje nos envuelva
que sean fragancia estos instantes
a lo largo de los tiempos

estamos aquí
sólo tú y yo

ya no existe otra cosa en nosotros
es nuestro tiempo
el que pensamos no volvería

porque hoy encontramos
lo que una vez perdimos
o nunca tuvimos

déjame que te acompañe
descubramos juntos el camino
no elijamos atajos

esos acortarían este vivir



©Andrés Rodríguez

UNA RESPUESTA


Era una tarde cualquiera, un día como otros, de esos días de intrascendente banalidad. Salimos a transitar la ciudad. Habíamos tenido algunas palabras, fuertes algunas, otras dolientes; los dos tratábamos de acomodar en la mente los resquicios de la batalla verbal. A ambos nos pesaba la angustia, la incomprensión Caminamos en silencio, él hablaba por nosotros. Sin miradas, ésas se habían marchado, no nos atrevíamos a rozarnos siquiera. Cada uno se había refugiado en lo más profundo de su coraza, sin saberlo, habíamos comenzado a transitar sendas diferentes. Había llegado el momento del adiós, no teníamos el valor de decirlo. Ambos en el interior luchábamos por borrar momentos felices, los tiempos se acortaban la tarde llegaba a su fin como nuestro andar, nos detuvimos la mire a los ojos, ella quiso rehuir la mirada, no pudo, mirándonos a los ojos nos dijimos adiós, ya sin palabras, sin reproches comenzamos a alejarnos, nunca mas la vería, pero aún guardo en mi su mirada y en ella la pregunta que hoy todavía no pude contestar.
PORQUE MI AMOR


©Andrés Rodríguez

ATARDECER


cuando llega el atardecer
me siento a esperar
que aparezcan
las estrellas
una a una aparecen
cada una representa
un deseo un anhelo
el amor

aparecen y las voy reconociendo
mirá: apareció el deseo
en ella estás vos
mirá: apareció el anhelo
en ella estamos los dos
pretendiendo nunca termine
la magia que encontramos hoy

y siguen apareciendo
pueblan el cosmos
como hoy habitan
no sólo mi corazón

cómo expresarte mi alegría
cómo contarte mi amor
podría ponerle palabras
pero nunca lograría
la inmensidad de este amor

vení sentate a mi lado
mirémoslas juntos
vení compartamos la vida
alberguemos plenamente
este amor que es de los dos.


©Andrés Rodríguez

sábado, 6 de septiembre de 2008

TE MIRO



Te miro
Estas allí
Extiendo mi mano
Rozo tu rostro
Alzas tus ojos
Llenas mi alma
Me acerco a tus labios
Recibo tu aliento
Despiertas deseos
Enciendes pasiones
Te siento
Estas en mí.

©Andrés Rodríguez

HILOS DE VIDA


Miraba transcurrir la vida desde aquel pequeño recuadro. Todos sábados se agolpaban chicos y no tan chicos a vivir la fantasía de historias ocurridas en lejanos lugares.
Actuaba representando juglares o mendigos, podía ser caballero en defensa del amor de alguna princesa o cantarle a un balcón donde anidaba su amor.
Su mundo era la ilusión reflejada en aquellos que se deleitaban con sus historias. Representaba la magia que todos vivimos en los sueños.
Su vida se apagaba cuando el titiritero lo colgaba hasta el próximo sábado.

©Andrés Rodríguez

RESURGIR


De cuántas vidas
Llegas

Cuántos bagajes
Dejaste

Muertes
en vidas pasadas

Tiempos renunciados
Renacen hoy

Asimilaste dolores
Transitaste sufrimiento

Transmutaste espacios
Reencarnando vidas

Recomprando deudas
Resurgiste en luz

Estás aquí


©Andrés Rodríguez

EL CHUECO


Se marchó con una sonrisa, en su honor les voy a contar la historia.
Según aquellos que decían conocerlo, había nacido en una estancia de la provincia de Buenos Aires. En aquel entonces el juez de paz pasaba de tanto en tanto anotando los nacidos; a veces lo hacía cada dos años, otras cada cuatro; haciendo un promedio creo que cuando se marchó rondaría los ochenta.
Creció rodeado de peonada, de estudio poco y nada, lo aprendido lo recibió de la tierra y lo mamó de la vida que le tocó transitar.
Desde chico, siempre levantado al amanecer, aprendió todos los quehaceres del campo donde transcurrieron sus días.
De contextura robusta, mediana estatura, tez curtida, ojos claros, manos ajadas, pómulos y nariz coloreadas de vida.
Y chueco, de donde nació su apodo.
El chueco, como lo conocían en todo el pueblo y los parajes vecinos, era afable, dispuesto a tender una mano y siempre una sonrisa en el rostro.
De joven no dejó flor sin picar, esto le acarreó más de una vez tener que zafar de algún enredo comprometido.
Su gran sueño era hacer el servicio militar y de esa forma conocer mundo; no fue posible, le tocó en un cuartel cercano al pueblo.
Aun así no perdió esperanzas, de tiempo en tiempo se quedaba horas en la estación de tren juntando valor para algún día abordarlo.
Otra de sus pasiones eran los partidos de chinchón en el bar-almacén los fines de semana y los fogones de los sábados a la noche, guitarreada, cuentos, asado rociado con vino tinto. Ya amaneciendo, cuando el fuego no calentaba, unas ginebras. De regreso al puesto su caballo se encargaba de volverlo ya que él carecía de lucidez.
Así fue transcurriendo su vida, trabajo duro, pequeños placeres en días libres, tenía por familia la peonada y la inmensidad de amigos que había cosechado.
Se marchó con una sonrisa. En el pueblo aun se le extraña, en la lápida sus amigos tallaron:

“Partió a cumplir un sueño”.

©Andrés Rodríguez