sábado, 23 de agosto de 2008

VIDA ARREBATADA


Iba arrastrando aquel carro construido por él con el gabinete de una vieja heladera. Le colocó ruedas de bicicleta desgastadas, sin cubierta, le agregó dos varas, una a cada lado; en la punta de éstas una cincha, que se colocaba por el cuello y las pasaba bajo sus brazos; de esa forma podía jalar de él. El carro pesaba más que la carga que podía acarrear; “no importa”, pensaba mientras tiraba de el, “lo único que dejo es mi vida, y ya no tiene ningún valor”.
Salía de su casa en un asentamiento en los alrededores del Gran Buenos Aires. Construida de cartón y chapas en desuso, era su refugio de la tremenda realidad que lo acosaba.
Su familia estaba compuesta de esposa y seis hijos de distintas edades, de catorce para abajo hasta llegar a siete años el menor.
Salía a primera hora de la tarde, el camino a recorrer era largo, siempre alguno de sus hijos lo acompañaba, llegaban a puente La Noria por el camino de la ribera, pasaban por debajo del puente de Pompeya e ingresaban a su lugar de trabajo.
Claro, no tenia que fichar como cuando su vida era otra y trabajaba en una importante fabrica; en aquel tiempo todo era distinto, vivía en una amplia casa con comodidad para su familia, hoy la realidad era otra. Recorría las calles juntando cartones, botellas, metales y todo aquello que pudiera vender.
En su mente iba trocando metales por amor propio, cartones por orgullo, vidrios por deseos. Un duro canje en el cuál él siempre perdía.


©Andrés Rodríguez

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