sábado, 9 de agosto de 2008

UN SEGUNDO


La puerta se cerró detrás de él, el estampido lo estremeció, por su semblante se escurrió una lágrima. Aceleró el paso poniendo distancia.
Después de muchos años se sentía libre. El sol golpeaba su rostro, la brisa despeinaba sus canas. Apenas un bolso con algunas cosas de escaso valor, despertador, agenda, varios cuadernos, algunos muy ajados, su ropa quedó en el lugar.
Caminó por horas deslumbrado por todo lo que ante sus ojos se cruzaba hasta detenerse frente a un bar. Miró detenidamente, dudó por unos instantes y entró.
Se ubicó en la mesa que daba a la ventana, de allí tenía un panorama del exterior. Pidió un café y encendió un cigarrillo, su mirada se perdió por largo rato.
Sacó los cuadernos, los colocó sobre la mesa, estaban cuidadosamente numerados; en ellos estaba su vida. Tomó el primero y comenzó a leerlo; hoja a hoja recordaba angustias, dolores, ansias y temores. Su rostro por momentos se ensombrecía y en otros dibujaba una que otra sonrisa.
Así pasaron las horas, como también la lectura, en ese tiempo miró repetidamente el reloj, estaba oscureciendo. El día había trascurrido demasiado rápido en los recuerdos pero lento en sus ansias. Mostraba cansancio, pero se resistía a abandonar el lugar; bajó la vista, tomó el último cuaderno y comenzó a leer las pocas páginas escritas en él.
Una voz lo interrumpió, levantó la mirada, ante él una anciana lo llamó por su nombre; con un gesto hizo acercar a dos hombres y una mujer.
Con voz entrecortada le dijo: estos son tus hijos, por un segundo de debilidad todos perdimos.


©Andrés Rodríguez

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