sábado, 9 de agosto de 2008

REQUIEM


Llevaba muchos años en la misma empresa, ejecutaba todos los días la misma rutina, con precisión de reloj, no le hacía falta consultarlo para saber exactamente qué hora transitaba.
Salía de su casa, igual camino, cruzaba la misma gente, el mismo colectivo con iguales paradas; comprar cigarrillos, diario, merienda y el reloj donde fichaba la entrada al trabajo; al hacerlo, repetía con precisión Suiza, el transcurrir de su tiempo.
Estaba comprometido absolutamente con su trabajo, le había dedicado su vida. Bastaba echar una mirada a su escritorio o su casa para ver un orden que rayaba lo obseso, durante cuarenta años sólo vivió para recibir órdenes y rendir cuentas.
No se le conocían amores o amigos, tampoco su familia; su vida era un misterio. Sin hobbies ni vicios, los diálogos en la oficina eran estrictamente de trabajo, rehuyendo siempre cualquier tema donde tuviera que exponer su opinión.
Sus compañeros decían que no era humano, nunca había demostrado ningún tipo de emoción, siempre se preguntaban qué pasaba dentro de su ser.
Un día no llegó al trabajo. Todos se alarmaron pues nunca había faltado.
Con el transcurrir de las horas la incertidumbre creció, casi al final del día el jefe llamó a su casa, donde nadie atendió; luego llamó a la oficina de personal para comentar su ausencia. Recibió por respuesta: “el señor se jubiló”.
Se había marchado sin dejar siquiera un adiós; a nadie afectó ya que nunca cosechó odios, amores o rencores.
Luego de unos meses, uno de sus compañeros encontró una noticia. La crónica decía muy escuetamente:
“Fue hallado por los vecinos anciano muerto en su departamento, su deceso se produjo de muerte natural”.
Pensó, murió de soledad


©Andrés Rodríguez


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