domingo, 3 de agosto de 2008

EL PAÍS DE HABÍA UNA VEZ


En un país de grandes dimensiones e incalculables riquezas, había una vez un reino, un Rey, una Reina y todos sus cortesanos.
Este Rey estaba en retiro transitorio debido a que, en tiempos anteriores, había tenido un gran desgaste y debía descansar por cuatro años. La Reina ejercía, al menos lo que todos creían, el poder.
El aspecto de ella era muy bueno, de presencia cuidada, solía lucir sus encantos con gran aplomo, de gran personalidad y elocuencia, conseguía lo que deseaba. Su obsesión era parecerse a aquella que hacia muchos años acompañó a otro Rey.
Amante de la comunicación, no perdía oportunidad de reunir al pueblo para hacer gala de su incisiva retórica.
El reino estaba dividido entre los que la idolatraban y quienes la veían insustancial.
Los días transcurrían sin sobresaltos. Normales para los súbditos, acostumbrados a los reclamos de algunos plebeyos que, en busca de posicionarse mejor en la corte, sometían a los demás a algunos trastornos. Eran útiles para que el reino pudiera a través de ellos, demostrar su generosidad.
Hacía poco que la Reina había empezado a reinar, el Rey con gran solicitud la apoyaba con su consejo, acompañándola en las nuevas funciones que debía desempeñar.
Reinaba para terratenientes, herreros, mercaderes y plebeyos.
Los terratenientes estaban conformados por grandes, medianos y pequeños.
Durante prolongado tiempo ocuparon un importante espacio en la corte, también generaron, a lo largo de la historia, muchos golpes palaciegos. A veces sustituyendo al rey, otras veces posicionándose.
En los otros reinos comenzaron a escasear los alimentos. Los terratenientes se alegraron, podrían tener más riquezas y poder.
Pero no contaban con que el reino quisiera una parte de esa riqueza.
Con un edicto real, la Reina reclamó su parte; aquellos, azorados, se negaron rotundamente.
Entonces se declaró el conflicto, reino y terratenientes se enfrentaron.
En medio quedaron herreros, mercaderes y plebeyos. Los herreros tuvieron que dejar de fabricar, los mercaderes de vender y los plebeyos de comer.
Los terratenientes guardaron sus granos, sus carnes y cortaron senderos. Comenzó a escasear el alimento en las comarcas.
El reino se sumió en la incertidumbre; y hombres y mujeres en la desazón.
Discutieron, se pelearon, buscaron mediadores; todo fracasó. Ninguno quiso ceder esa parte de la futura riqueza. En las calles se encontraron los que apoyaban a la Reina, los terratenientes y quienes tenían hambre.
Segura que obtendría lo que quería, reunió al consejo del pueblo para dirimir el conflicto que ya llevaba muchos meses. El consejo deliberó y dio la razón a los terratenientes. La Reina debía anular el edicto real.
Hoy en el reino sigue todo igual, los terratenientes más ricos, los plebeyos más pobres y la Reina menos reina.


©Andrés Rodríguez

1 comentario:

mercedes sáenz dijo...

Con una prolijidad que parece sacada de un libro de niños por su claridad la historia se lee completa e inmediatamente mi cabeza loca lo traslada a todos los últimos movimientos del paìs. Cómo una radiografía. Te felicito. Un abrazo. Merci