sábado, 23 de agosto de 2008

te parió la luna


te parió la luna
te engendró el dolor
diste a luz ausencias
buscando compasión

©Andrés Rodríguez

VIDA ARREBATADA I


Ya tarde en la noche regresaba con su preciosa carga, no sabía si pesaba más su vida o lo que acarreaba.
Abrumado por la sensación de desamparo en su interior la pregunta reiterada: “por qué a mi “.
Durante años trabajó en una fábrica como operario, de buen desempeño, cumplidor con las pautas impuestas en el trabajo y la sociedad; de nada valieron sus idoneidades, la crisis lo había alcanzado.
Ese día regresó a su casa, la angustia y el dolor lo invadían, en un instante todo había cambiado, los sueños se esfumaron y la realidad se instaló, ya era un desocupado más.
Al día siguiente salió a la búsqueda de un nuevo trabajo y así reiteró la rutina por mucho tiempo. La edad no lo ayudaba, tenía cuarenta y para la sociedad era viejo.
Los recursos se fueron agotando; los gastos diarios y el alquiler jugaban en su contra. Primero se desprendió de objetos de valor adquiridos con mucho sacrificio, después fue el turno de la casa y así marchó a la villa. Pero no estaba dispuesto a perder el honor.
Juntó chapas, palos, cartones y construyó su refugio.
En su mente y corazón sabía que de alguna forma lograría salir de la adversidad, por eso en un rincón del ropero aún guarda, bien enfundada, la ropa que otrora usara en aquella fábrica.


©Andrés Rodríguez

VIDA ARREBATADA


Iba arrastrando aquel carro construido por él con el gabinete de una vieja heladera. Le colocó ruedas de bicicleta desgastadas, sin cubierta, le agregó dos varas, una a cada lado; en la punta de éstas una cincha, que se colocaba por el cuello y las pasaba bajo sus brazos; de esa forma podía jalar de él. El carro pesaba más que la carga que podía acarrear; “no importa”, pensaba mientras tiraba de el, “lo único que dejo es mi vida, y ya no tiene ningún valor”.
Salía de su casa en un asentamiento en los alrededores del Gran Buenos Aires. Construida de cartón y chapas en desuso, era su refugio de la tremenda realidad que lo acosaba.
Su familia estaba compuesta de esposa y seis hijos de distintas edades, de catorce para abajo hasta llegar a siete años el menor.
Salía a primera hora de la tarde, el camino a recorrer era largo, siempre alguno de sus hijos lo acompañaba, llegaban a puente La Noria por el camino de la ribera, pasaban por debajo del puente de Pompeya e ingresaban a su lugar de trabajo.
Claro, no tenia que fichar como cuando su vida era otra y trabajaba en una importante fabrica; en aquel tiempo todo era distinto, vivía en una amplia casa con comodidad para su familia, hoy la realidad era otra. Recorría las calles juntando cartones, botellas, metales y todo aquello que pudiera vender.
En su mente iba trocando metales por amor propio, cartones por orgullo, vidrios por deseos. Un duro canje en el cuál él siempre perdía.


©Andrés Rodríguez

domingo, 17 de agosto de 2008

POEMA A MI NIETA


ANKA NI

(Águila de Mar)


Allá
Lejos donde las nubes se pierden en cumbres nevadas
Allá donde estas se juntan con un mar esmeralda.
Allá cuna de las civilizaciones más importante de América.
Allá donde los conocimientos marcaron el continente.
Allá, un día arribó un espíritu dotado de luz, paz y amor.
Allá en ese lujar lejano
Llegó la luz,
Ésa que guiará a aquellos
Que aun la buscan
Ellos que esperan acompañarla
y les muestre el camino
Allá, está hoy mi corazón.
Cierro los ojos y sin conocerla
Me envuelve su luz,
En mis manos su calor
En sus ojos la inocencia
En su ser la ternura.


©Andrés Rodríguez

AQUEL CIRCO


Hacía ya mucho tiempo recorría los caminos, su andar lo comenzó el padre del padre de su padre, varias generaciones dedicadas a dejar magia en cada pueblo.
Esplendoroso cuando fue formado, estaba integrado por los mejores de cada disciplina: trapecistas, magos, payasos, forzudos, domadores con las más variadas especies: leones, gorilas, jirafas, elefantes, perros. Cada función constituía un deleite para los concurrentes.
Era todo un espectáculo verlos llegar, una caravana interminable de vehículos e ilusiones. Se detenían en el baldío más cercano al centro y comenzaban la construcción de la imponente carpa de brillantes colores; su interior contaba con tres pistas donde desfilaban las estrellas.
Después de muchos años volví a encontrarlo, ya no era el mismo; había perdido sus colores y magia.
Me quedé largo tiempo observándolo, comparando en mi mente su pasado esplendor con la decadencia actual.
Me acerqué a un anciano que trabajaba allí y comencé a preguntarle qué había sucedido; amablemente, entre silencios prolongados y voz entrecortada, me contó:
-Cierta vez en una de las giras nos detuvimos en un pueblo, en la primera función el circo rebosaba de espectadores, todo marchaba normal. Cuando le tocó el turno al domador, comenzó su rutina, y en cierto momento, sin explicación ni causa, comenzó a castigar violentamente a los animales. El desagrado del público no se hizo esperar e inmediatamente niños y adultos comenzaron a marcharse.
El lugar quedó desierto, excepto una señora muy mayor, de vestimenta descuidada, cabellos despeinados, rostro curtido, ojos negros de profunda mirada, sentada en una de las primeras filas.
Se paró apoyada en su bastón, miró al domador por unos instantes y musitó en voz baja in entendibles palabras
El domador cesó el castigo, los leones se echaron mansamente y un profundo silencio invadió el lugar -.
Los ojos del anciano se humedecieron y con voz imperceptible agregó:
- Ese silencio jamás nos abandonó -.



©Andrés Rodríguez

AQUELLA VENTANA


Desde aquella ventana, sólo podía divisar una pequeña porción de cielo salpicado por alguna nube errante, que llegaba con la fuerza de sus más íntimos deseos.
Los días atravesaban su vida con la severa lentitud de la espera.
Con la luz sólo horas de tedio, al llegar la noche se dormía observando alguna estrella que se colaba por el minúsculo cuadrado en aquella pared. Sólo alguna estrella nunca una luna
En la noche todo cambiaba, ya en sueños, su espíritu huía a través de la ventana a recorrer lugares.
Espiar a su hijo que hacía años no veía, ver a su madre, compartir con sus amigos una que otra copa, compartiendo alguna historia o sentarse a la vera del rió a observar aquella luna que se niega a cruzar su ventana.
Noche a noche, sueño a sueño, trascurrían sus tiempos, que le daban fuerza para sobrellevar su carga.
Durante el día, recostado en la cama repasaba su vida una y otra vez, justificando a todos aquellos que ya no lo venían a ver. Sólo lo distraía un casal de jilgueros que diariamente llegaban a la ventana y le regalaban libertad.
Hora tras hora recostado en esa cama que había llegado a odiar, recordaba momentos cuando disfrutaba la vida en plenitud.
Ahora dependía de los enfermeros para comer, arreglar su almohada o abrigarlo si tenia frío. Toda su vida cambió aquella noche, a partir de allí fueron todas pérdidas, nunca más sumó.
Hoy la espera y aquella ventana por donde cada noche escapa a vivir un sueño.


©Andrés Rodríguez

sábado, 9 de agosto de 2008

BRUMA




Bruma que acompañas
Tiempos cadentes
Poesía inconclusa
Imágenes sin rostro
Indagan mis ojos
Locura en deseo
Desenfreno temido
Liberado al tenerte
Espero en espera
Recreas mi mente
Llegando a mi ser



©Andrés Rodríguez

SER


Perdido en la noche
Transito desiertos
Reencuentro fantasmas
Desterrados infiernos

Demonios malditos
Moran mi mente

Angustia perversa
Por haber sido

Redimo deseos
Y vuelvo a ser



©Andrés Rodríguez

REQUIEM


Llevaba muchos años en la misma empresa, ejecutaba todos los días la misma rutina, con precisión de reloj, no le hacía falta consultarlo para saber exactamente qué hora transitaba.
Salía de su casa, igual camino, cruzaba la misma gente, el mismo colectivo con iguales paradas; comprar cigarrillos, diario, merienda y el reloj donde fichaba la entrada al trabajo; al hacerlo, repetía con precisión Suiza, el transcurrir de su tiempo.
Estaba comprometido absolutamente con su trabajo, le había dedicado su vida. Bastaba echar una mirada a su escritorio o su casa para ver un orden que rayaba lo obseso, durante cuarenta años sólo vivió para recibir órdenes y rendir cuentas.
No se le conocían amores o amigos, tampoco su familia; su vida era un misterio. Sin hobbies ni vicios, los diálogos en la oficina eran estrictamente de trabajo, rehuyendo siempre cualquier tema donde tuviera que exponer su opinión.
Sus compañeros decían que no era humano, nunca había demostrado ningún tipo de emoción, siempre se preguntaban qué pasaba dentro de su ser.
Un día no llegó al trabajo. Todos se alarmaron pues nunca había faltado.
Con el transcurrir de las horas la incertidumbre creció, casi al final del día el jefe llamó a su casa, donde nadie atendió; luego llamó a la oficina de personal para comentar su ausencia. Recibió por respuesta: “el señor se jubiló”.
Se había marchado sin dejar siquiera un adiós; a nadie afectó ya que nunca cosechó odios, amores o rencores.
Luego de unos meses, uno de sus compañeros encontró una noticia. La crónica decía muy escuetamente:
“Fue hallado por los vecinos anciano muerto en su departamento, su deceso se produjo de muerte natural”.
Pensó, murió de soledad


©Andrés Rodríguez


UN SEGUNDO


La puerta se cerró detrás de él, el estampido lo estremeció, por su semblante se escurrió una lágrima. Aceleró el paso poniendo distancia.
Después de muchos años se sentía libre. El sol golpeaba su rostro, la brisa despeinaba sus canas. Apenas un bolso con algunas cosas de escaso valor, despertador, agenda, varios cuadernos, algunos muy ajados, su ropa quedó en el lugar.
Caminó por horas deslumbrado por todo lo que ante sus ojos se cruzaba hasta detenerse frente a un bar. Miró detenidamente, dudó por unos instantes y entró.
Se ubicó en la mesa que daba a la ventana, de allí tenía un panorama del exterior. Pidió un café y encendió un cigarrillo, su mirada se perdió por largo rato.
Sacó los cuadernos, los colocó sobre la mesa, estaban cuidadosamente numerados; en ellos estaba su vida. Tomó el primero y comenzó a leerlo; hoja a hoja recordaba angustias, dolores, ansias y temores. Su rostro por momentos se ensombrecía y en otros dibujaba una que otra sonrisa.
Así pasaron las horas, como también la lectura, en ese tiempo miró repetidamente el reloj, estaba oscureciendo. El día había trascurrido demasiado rápido en los recuerdos pero lento en sus ansias. Mostraba cansancio, pero se resistía a abandonar el lugar; bajó la vista, tomó el último cuaderno y comenzó a leer las pocas páginas escritas en él.
Una voz lo interrumpió, levantó la mirada, ante él una anciana lo llamó por su nombre; con un gesto hizo acercar a dos hombres y una mujer.
Con voz entrecortada le dijo: estos son tus hijos, por un segundo de debilidad todos perdimos.


©Andrés Rodríguez

FANTASMAS DEL AYER


Ha terminado la semana, la rutina diaria ha concluido. Comienza el no saber, el vacío se acentúa, todo silencio asfixia, en la casa resuenan voces y fantasmas del pasado. Escapando de todo salgo a caminar sin rumbo ni horizonte.
El trajinar es diferente, nuevos actores se suman; ausente el bullicio de días de actividad la ciudad se muestra apática e indiferente para los que la transitan, cada uno con sus historias y pesares.
Me siento en un bar, pido un café.
No hago más que observar el entorno, pendiente de aquellos que transitan tiempos como el mío, algunos con la mirada perdida, otros leen un diario o libro, aislados. Parecen autómatas.
Qué esperan ellos, qué espero yo, deseos, anhelos, ansias que podamos realizar. Somos multitud, cada uno en su propio desierto.
Café, otro cigarrillo, el diario, hastío.
Dibujo palabras en una servilleta estampando destierros, renaciendo aspiraciones.
Por momentos siento que todos somos actores de una tragicomedia.
Me detengo en cada rostro, cada mirada, a la búsqueda de alguna señal que no se produce, junto a mí transita la soledad. Aun así persisto, no me resigno seguir este camino.
El día se acaba, todo sigue igual; el tiempo pesa, una cena con la soledad, cansancio, el regreso.
Abro la puerta, dentro, los fantasmas se niegan a abandonarme.
Dormir, en los sueños tal vez obtenga alguna felicidad.



©Andrés Rodríguez

domingo, 3 de agosto de 2008

ALGUNA VEZ




Había una vez,
¿realmente había una vez?
¿una vez o una de tantas?
¿había o habría?
quizás podría haber
de vez en vez
en algún momento pudiera haber habido,
siempre hay o esperamos que haya,
¿por qué siempre comenzar había una vez?,
si sabemos que de todo siempre hay
incluso de aquello que no tenemos
o creemos no tener.



©Andrés Rodríguez

MUDEZ


Cae la tarde. Sólo silencio, sin canto ni viento. La soledad perfora mis tímpanos. Llega la penumbra, todo se opaca. Duele cada vez más. Esta noche acuden fantasmas que creía idos. Ésos que aguijonean mi mente. Buscan revivir recuerdos, soledad mal acompañada, dolor, hastío.

Silencio



©Andrés Rodríguez

EL PAÍS DE HABÍA UNA VEZ


En un país de grandes dimensiones e incalculables riquezas, había una vez un reino, un Rey, una Reina y todos sus cortesanos.
Este Rey estaba en retiro transitorio debido a que, en tiempos anteriores, había tenido un gran desgaste y debía descansar por cuatro años. La Reina ejercía, al menos lo que todos creían, el poder.
El aspecto de ella era muy bueno, de presencia cuidada, solía lucir sus encantos con gran aplomo, de gran personalidad y elocuencia, conseguía lo que deseaba. Su obsesión era parecerse a aquella que hacia muchos años acompañó a otro Rey.
Amante de la comunicación, no perdía oportunidad de reunir al pueblo para hacer gala de su incisiva retórica.
El reino estaba dividido entre los que la idolatraban y quienes la veían insustancial.
Los días transcurrían sin sobresaltos. Normales para los súbditos, acostumbrados a los reclamos de algunos plebeyos que, en busca de posicionarse mejor en la corte, sometían a los demás a algunos trastornos. Eran útiles para que el reino pudiera a través de ellos, demostrar su generosidad.
Hacía poco que la Reina había empezado a reinar, el Rey con gran solicitud la apoyaba con su consejo, acompañándola en las nuevas funciones que debía desempeñar.
Reinaba para terratenientes, herreros, mercaderes y plebeyos.
Los terratenientes estaban conformados por grandes, medianos y pequeños.
Durante prolongado tiempo ocuparon un importante espacio en la corte, también generaron, a lo largo de la historia, muchos golpes palaciegos. A veces sustituyendo al rey, otras veces posicionándose.
En los otros reinos comenzaron a escasear los alimentos. Los terratenientes se alegraron, podrían tener más riquezas y poder.
Pero no contaban con que el reino quisiera una parte de esa riqueza.
Con un edicto real, la Reina reclamó su parte; aquellos, azorados, se negaron rotundamente.
Entonces se declaró el conflicto, reino y terratenientes se enfrentaron.
En medio quedaron herreros, mercaderes y plebeyos. Los herreros tuvieron que dejar de fabricar, los mercaderes de vender y los plebeyos de comer.
Los terratenientes guardaron sus granos, sus carnes y cortaron senderos. Comenzó a escasear el alimento en las comarcas.
El reino se sumió en la incertidumbre; y hombres y mujeres en la desazón.
Discutieron, se pelearon, buscaron mediadores; todo fracasó. Ninguno quiso ceder esa parte de la futura riqueza. En las calles se encontraron los que apoyaban a la Reina, los terratenientes y quienes tenían hambre.
Segura que obtendría lo que quería, reunió al consejo del pueblo para dirimir el conflicto que ya llevaba muchos meses. El consejo deliberó y dio la razón a los terratenientes. La Reina debía anular el edicto real.
Hoy en el reino sigue todo igual, los terratenientes más ricos, los plebeyos más pobres y la Reina menos reina.


©Andrés Rodríguez