miércoles, 30 de julio de 2008

EL COLECTOR


Todas las tardes, inexorablemente, pasaba; su andar acompasado, de traje bien calzado, camisa blanca, corbata, sombrero de ala ancha, maletín, zapatos al tono, siempre a la misma hora. Denotaba seguridad y aplomo, en su rostro austero se dibujaba una tenue sonrisa, dejando a su paso el saludo.
Pensativo, abstraído de la realidad, el diario bajo el brazo mostraba haber sido leído reiteradamente.
Siempre el mismo camino, por la misma vereda, casi pisando las mismas baldosas.
Con curiosidad esperaba su paso envuelto en misterio, llamó mi atención que se detenía frente a aquella casa semiabandonada, despintada, envuelta en rosales descuidados, de jardines desdibujados, con ventanas cerradas.
Se detenía, miraba por algunos instantes a la espera de una señal o alguien, pero no se producía. Retomaba su camino y se perdía a la distancia.
Pasaron días, meses, siempre a la misma hora, de lunes a lunes, sólo miraba esa casa, bajaba la cabeza y retomaba el camino.
Sin más desapareció, la rutina había terminado, durante un tiempo esperé su paso, se había desvanecido.
Comencé a preguntar por el barrio si lo conocían si podían darme razón, nadie sabía de él, es más, había pasado inadvertido por todos los vecinos
Traté de indagar de la casa, sus habitantes, por qué su abandono, era todo silencio y misterio; de la casa nada se sabía o nadie quería decir, su dejadez databa de hacía mucho tiempo y de sus habitantes sólo que eran personas mayores.
Un día por casualidad lo reencontré en otra parte del barrio, su atuendo era exactamente el mismo. Sin dudarlo me acerqué, detuve su marcha, sin más lo miré a los ojos. El frío me invadió; antes de preguntarle me miró y dijo, todavía no es tu tiempo.

©Andrés Rodríguez

1 comentario:

mercedes sáenz dijo...

Querido Andrés Ch. este relato me encantó. Te dejé un comentario en Artesaniás. Un abrazo enorme. Merci