miércoles, 30 de julio de 2008

EL CASERÍO


Después de muchas horas de transitar por caminos polvorientos, con un paisaje que hablaba de soledad y abandono, donde uno podía sentirse dejado de la mano de Dios, comencé a divisar el caserío.
En el tiempo que tardé en llegar, no dejé de pensar en la magnificencia del paisaje; duro, carente de colores, suelo rocoso y polvoriento, arbustos achaparrados temiendo elevarse al cielo. Antes de ingresar al villorrio, detuve mi andar; el silencio dolía, sin canto de pájaros, inmóvil como un cuadro.
El sol pegaba de lleno sobre el lugar, las casas bajas, blancas, de barro, paredes gruesas, techos de adobe, puertas de madera castigadas por el tiempo, ventanas pequeñas para no ver la soledad que las rodeaba. La única humedad la producía mi cuerpo.
Comencé a caminar entre las casas, no había más de veinte; apiñadas para defenderse del desamparo. Aun así estaban solas. Podía escuchar mi respiración, el corazón se aceleraba.
Más allá la capilla, también de blanco, sólo sobresalía el campanario; la doble puerta abierta, esperando la llegada de quienes habitaban el lugar.
Me detuve en su puerta, divisé en el fondo el altar y sobre él la cruz; a sus pies apilados los ruegos desgajados cada día. Los bancos comidos por el tiempo y los deseos esperados; seguí caminando, la soledad se agudizó.
Sentí el deseo de gritar, la desesperación de despertar a todos y a todo. El grito no salió.
Yo también era parte del paisaje.

©Andrés Rodríguez

2 comentarios:

Viviana Álvarez dijo...

Mi amor, con un lenguaje despojado, creás imágenes fuertes,que se quedan en el alma del lector.
Este caserío y su contexto duele, asfixia, cala hondo.
Te amo

mercedes sáenz dijo...

Coincido con Vivi, este relato tiene imágenes buenísimas, dolientes y pelan, pelan las partes que mas duëlen, Felicitaciones . Un abrazo Merci