miércoles, 30 de julio de 2008

RUEGOS


Apareció lentamente, como cansado, sus piernas le pesaban. O quizás fueran los años. En sus ojos transitaban recuerdos, sus manos curtidas y temblorosas hablaban de infatigables luchas; su cuerpo semi-encorvado hacia pensar el universo de cargas llevadas. Y allí estaba con la mirada perdida. De pronto se detuvo, miró al cielo, como pidiendo explicación. Nuevamente reinició su marcha lenta y trabajosa. Cruzó la calle enfangada haciendo un esfuerzo para mantener equilibrio entre los charcos, que a su paso aparecían como infranqueables mares. Al llegar al otro lado suspiró, retomó su camino hasta un árbol cercano. Se sentó, apoyó su torso en el tronco, alzó nuevamente su mirada al cielo buscando respuestas quizás a ruegos anteriores. Y allí quedó, en silencio eterno, en soledad.
De allí partió.


©Andrés Rodríguez

EL FINAL


El teléfono sonó en la casa vacía, recorrió cada espacio, buscando destino.
El anciano se acercó dubitativo, negándose a atenderlo, el sonido cesó. A los pocos minutos nuevamente se hizo presente.
Ese tiempo fue eterno. Por su mente pasaron miles de imágenes, sus ojos cansados se humedecieron; la respiración se entrecortó en forma repentina; sus piernas flaquearon. Un sudor frío se apoderó de su cuerpo, miró la repisa plagada de fotos de tiempos felices. Sus padres, hijos, nietos, todos allí. Ya nadie presente. Dejó caer su cuerpo sobre el viejo sillón. Recordó un tiempo de multitudes y bullicio. Ya todo había pasado. Hacía tiempo que no los veía. Apoyó la mano sobre el teléfono, secó su sudor, aclaró la voz y atendió.
El silencio se profundizó trágicamente; la soledad lo abrazó.

Su amor se había marchado.


©Andrés Rodríguez

EL COLECTOR


Todas las tardes, inexorablemente, pasaba; su andar acompasado, de traje bien calzado, camisa blanca, corbata, sombrero de ala ancha, maletín, zapatos al tono, siempre a la misma hora. Denotaba seguridad y aplomo, en su rostro austero se dibujaba una tenue sonrisa, dejando a su paso el saludo.
Pensativo, abstraído de la realidad, el diario bajo el brazo mostraba haber sido leído reiteradamente.
Siempre el mismo camino, por la misma vereda, casi pisando las mismas baldosas.
Con curiosidad esperaba su paso envuelto en misterio, llamó mi atención que se detenía frente a aquella casa semiabandonada, despintada, envuelta en rosales descuidados, de jardines desdibujados, con ventanas cerradas.
Se detenía, miraba por algunos instantes a la espera de una señal o alguien, pero no se producía. Retomaba su camino y se perdía a la distancia.
Pasaron días, meses, siempre a la misma hora, de lunes a lunes, sólo miraba esa casa, bajaba la cabeza y retomaba el camino.
Sin más desapareció, la rutina había terminado, durante un tiempo esperé su paso, se había desvanecido.
Comencé a preguntar por el barrio si lo conocían si podían darme razón, nadie sabía de él, es más, había pasado inadvertido por todos los vecinos
Traté de indagar de la casa, sus habitantes, por qué su abandono, era todo silencio y misterio; de la casa nada se sabía o nadie quería decir, su dejadez databa de hacía mucho tiempo y de sus habitantes sólo que eran personas mayores.
Un día por casualidad lo reencontré en otra parte del barrio, su atuendo era exactamente el mismo. Sin dudarlo me acerqué, detuve su marcha, sin más lo miré a los ojos. El frío me invadió; antes de preguntarle me miró y dijo, todavía no es tu tiempo.

©Andrés Rodríguez

EL CASERÍO


Después de muchas horas de transitar por caminos polvorientos, con un paisaje que hablaba de soledad y abandono, donde uno podía sentirse dejado de la mano de Dios, comencé a divisar el caserío.
En el tiempo que tardé en llegar, no dejé de pensar en la magnificencia del paisaje; duro, carente de colores, suelo rocoso y polvoriento, arbustos achaparrados temiendo elevarse al cielo. Antes de ingresar al villorrio, detuve mi andar; el silencio dolía, sin canto de pájaros, inmóvil como un cuadro.
El sol pegaba de lleno sobre el lugar, las casas bajas, blancas, de barro, paredes gruesas, techos de adobe, puertas de madera castigadas por el tiempo, ventanas pequeñas para no ver la soledad que las rodeaba. La única humedad la producía mi cuerpo.
Comencé a caminar entre las casas, no había más de veinte; apiñadas para defenderse del desamparo. Aun así estaban solas. Podía escuchar mi respiración, el corazón se aceleraba.
Más allá la capilla, también de blanco, sólo sobresalía el campanario; la doble puerta abierta, esperando la llegada de quienes habitaban el lugar.
Me detuve en su puerta, divisé en el fondo el altar y sobre él la cruz; a sus pies apilados los ruegos desgajados cada día. Los bancos comidos por el tiempo y los deseos esperados; seguí caminando, la soledad se agudizó.
Sentí el deseo de gritar, la desesperación de despertar a todos y a todo. El grito no salió.
Yo también era parte del paisaje.

©Andrés Rodríguez