sábado, 29 de noviembre de 2008

LA ENFERMEDAD


Durante años padeció una dolorosa enfermedad. Súbitamente los dolores cesaron, su alegría era inmensa
Quería contarle a todos, llamo su atención un grupo de médicos rodeando una cama, cuando éstos se corrieron observó.
Allí yacía él, inmóvil.

©Andrés Rodríguez

PASADO


Después de mucho regresé a la vieja casa de mi niñez, ubicada a quince cuadras de la estación de ferrocarril. Casi cincuenta años que había partido y aun lucía la tranquera.
Envuelto en recuerdos de una infancia y adolescencia transitada por momentos de felicidad y carencias, comencé, sin saberlo, un viaje al pasado.
Por la calle principal, antaño de tierra, todavía quedaban algunos negocios de aquella época, el bar “Cascote”, frecuentado por los borrachines de la zona; en él se encontraba el único teléfono público del pueblo, el otro en la casa del doctor, que rara vez y por emergencias accedía a prestarlo.
Más adelante la pescadería, la peluquería de doña Angelita, allí viernes y sábados se cruzaban todas las historias y chimentos acontecidos; la panadería, donde de madrugada al regreso del baile, compraba facturas recién horneadas.
La escuela primaria , hoy de material y bien equipada , en aquella época con aulas de madera, techo de chapa plagado de goteras, bancos de madera con tinteros de cerámica, tallados los nombres de aquellos que otrora los ocuparon.
Las maestras de grado, me resultó imposible recordar sus nombres, sí sus rostros. Algunos compañeros, el alemán o el gallego, amigos inseparables de aventuras.
En la esquina la cancha de bolitas, donde cambiaban de mano los bolones o la puntera, más allá la pared donde jugábamos a la figurita con la imagen de los cracks de fútbol de la época; una rayuela en tiza en la vereda, redibujada diariamente como si tuviera adquirido ese lugar a perpetuidad.
Una que otra lágrima quiso apoderarse de mis ojos. Retomé el andar, llegué a la plaza. Junto a ésta, la parroquia, regida en aquel entonces por el Padre Ree, poseedor de una visión única. Siempre presto a recibir y pedir donaciones, no quedaba nadie sin dejar el diezmo los domingos y en la semana era el terror de los comerciantes; claro, como él decía, por el bien del pueblo.
Junto a la capilla, el cine, que funcionaba sólo sábados y domingos. Tres películas en la matinée a la que llevábamos de vianda algún sándwich, tortas fritas, empanadas o pastelitos. La parte trasera estaba ocupada por parejas, en el medio matrimonios y allá adelante todos nosotros, los chicos. En ese cine nunca pude ver en pantalla un beso ya que cuando se estaba por producir aparecía la mano del cura tapando la proyección.
Seguí camino hasta llegar a la casa; ahí estaba, atrapada en el pasado. Techo de tejas a dos aguas sembrado de musgo, galería al frente, lugar de encuentro para matear sin perderse quién pasaba. Largas charlas en las noches de verano con vecinos; mientras jugábamos a las escondidas o a la mancha venenosa.
Primero recorrí su entorno, lucía triste, agonizante; la pintura descolorida, el jardín perdido como muchos de mis recuerdos. La quinta ya no estaba, faltaban algunos frutales; el pasto crecido tapando el camino al gallinero donde recolectábamos los huevos.
El abandono era evidente; entré en la casa, me costó trabajo abrir. Ya en su interior todo estaba en orden, cubierto en polvo y soledad.
En el living, las repisas colmadas de fotos familiares envejecidas; en las habitaciones los colchones envueltos a la espera de algún visitante. Ropa en los armarios, vajilla en la cocina; en la pileta una marca amarillenta de la gotas de la canilla que se empecinó en estampar el tiempo transcurrido.
Me senté, cerré los ojos, comencé a escuchar a mi madre en sus rezongos diarios, la voz de mi padre cuando dejaba tareas para el día siguiente, mis hermanos en sus reyertas habituales.
No sé cuánto tiempo permanecí lanzado en recuerdos.
Salí, cerré la puerta pretendiendo dejar allí historias vividas.
El regreso a la estación entremezclado de alegrías y tristezas con sabor agridulce en mi corazón; alegrías por haber recuperado momentos importantes que creí olvidados, tristezas porque ya no estaban aquellos seres y momentos que siempre llevaré en mi interior.
Fue duro, las imágenes de la casa me perseguían. Me detuve frente a la vidriera de un negocio, me reflejé en el vidrio; mi imagen como la de aquella casa mostraba el transcurso del tiempo.
Fueron tan sólo cincuenta años.

©Andrés Rodríguez

domingo, 23 de noviembre de 2008

TRAS EL MURO



Habían pasado muchos meses desde que me trajeron a este lugar, por un tiempo dijeron no tendría visitas, debía adaptarme al lugar. De todas formas no importó, lo dejado afuera fue causa directa de todo aquello por lo que estoy aquí.
Adaptarme al lugar, las reglas, a los nuevos tiempos que debía afrontar.
Pensaba, ¿adaptarme a qué?, horarios, lugares permitidos, someterme a las directivas de quienes eran dueños de nuestro tiempo.
Creo que era (des)adaptarme a lo otro, cambiar de rutina, reducida a estos muros que nos separan de la realidad que otros transitan.
Según me dicen debía re sociabilizarme, palabra compleja para quien desea renunciar a la sociabilidad, adquirida por años de ejercitarla.
El desafió es no perder la esencia del despertar.
Aquí las horas son marcadas por el no tiempo; desayuno, almuerzo, merienda, cena y la toma de remedios; esos, para aplacar la rebeldía de los espíritus y de esta forma manipularnos mejor. Caminar por el pequeño parque o sentarme a observar los pájaros, dejarme caer en la hierba y allí juguetear con las nubes a la búsqueda de caprichosas imágenes, o simplemente pensar.
Hoy es día de visitas.

Deseo que mi pasado no venga a visitarme.

©Andrés Rodríguez

VOLVER




Sobre aquella mesa, su copa servida, entre angustias se marcho camino la noche, al día siguiente se detuvo frente a su casa toco el timbre, una mujer salio a atender este le dijo, sobre esa mesa deje el dolor y angustia de todos estos años te invito a que vos la tomes .
.
©Andrés Rodríguez

ESPERAME




Sentada en su mecedora, por momentos hamacándose y en otros en inmóvil soledad, aguarda.
Espera transformada en pesada carga, sus fuerzas flaquean, su frágil cuerpo denota el transcurrir de los años.
En su mente atesora las imágenes de aquella a quien espera, mezcla de sentimientos encontrados, amor y rabia, por su ausencia.
Pasaron muchos años desde la despedida. Paula, su nieta, partió en busca de nuevos caminos; desde aquel día, en ella se apagaron los pocos motivos de vida que la acompañaban, llenando espacios con la necesidad de volver a tenerla en los brazos.
Repetía en su mente las charlas en el quincho de la casa; sus ojos se iluminaban con las historias y anécdotas que le contaba mientras disfrutaban de unos mates y tortas fritas, que amasadas con amor preparaba para ella.
Era la hermana del medio de tres hermanos, pero la única que logró llegarle al corazón. Desde bebé tuvieron una conexión muy especial, una simbiosis única las unía.
Sabía que esa espera no era infructuosa, tenía fecha de vencimiento. Por fin vendría a verla con la ofrenda más preciada, su bisnieta, nacida meses antes, para depositarla con amor en sus brazos. Abrumada por la soledad en que transcurrían sus días debía ganarle tiempo al tiempo, que inexorablemente se acaba.
En momentos de crisis y depresión, instantes que sentía carecer de fuerzas, aparecía una luz en su mente, mezcla de deseo, amor y ansias, logrando levantar su cuerpo abatido para no dejarlo marchar.
Cada mañana, al levantarse, reza por un día más, debe llegar al reencuentro. Cada noche, al acostarse, cierra los ojos y comienza un viaje rodeada por el amor de aquellas dos a quienes aguarda.


©Andrés Rodríguez

sábado, 15 de noviembre de 2008

EL ENCUENTRO


Amigo de muchos años, perdido en mi pasado, encontré al gallego. Nos dejamos de ver vaya a saber por qué; lo cierto es que la vida nuevamente cruzó nuestros caminos.
En la niñez habíamos compartido buenos momentos, con él y el alemán siempre andábamos juntos, desde la mañana en el colegio hasta que el día se apagaba.
El alemán vivía con su madre y su abuela, en casa de ésta; el padre se había marchado hacía mucho tiempo, dejándolos solos; el gallego con sus padres y una hermana, yo con mis padres y dos hermanos. De una forma u otra, vivíamos momentos que nos marcarían en los años por venir.
A la salida del colegio, la primera parada era la casa del gallego, allí la madre siempre nos esperaba con un sándwich de revuelto de huevo. Una la casa extremadamente modesta, cubría las mínimas necesidades, criaban conejos, gallinas, además de lucir una hermosa y pequeña quinta de donde cosechaban verduras frescas para el consumo diario.
El padre salía de madrugada a su trabajo, era barrendero en la zona de Constitución. Al regreso, cada día, traía pesadas bolsas en su espalda con trozos de mármol que le regalaban. Con ellos había construido la vereda, la mesada de la cocina y todos los pisos de la casa; siempre pensé los miles de días y bolsas acarreadas por esa espalda. De carácter hosco, reservado, de mirada dura, siempre estaba trabajando; no creo haber cruzado, en años de ir a su casa, más de diez palabras. Ahora pienso que la comunicación con sus hijos fue la misma.
La vida del gallego era difícil, recuerdo que de lunes a viernes concurría a la escuela y viernes a la tarde se iba a trabajar a una fábrica de pastas en la capital, donde se quedaba hasta que el domingo por a la tarde regresaba a su casa. Tenía nueve años en esa época y comenzó a cargar sobre sus espaldas pesadas bolsas como su padre.
Aún no sé si el encuentro fue duro, sí estuvo cargado de profunda emoción. Habían pasado casi cincuenta y cuatro años, si cerraba los ojos el sonido de su voz me hubiera llevado a aquellos momentos. Su aspecto denotaba los años transcurridos, casi pelado, semi encorvado, de manos desgastadas, sus ojos profundos demostraban afecto. A él también lo había impactado el encuentro. Nos sentamos en un bar, quería saber de su vida y él de la mía; en ese confesionario improvisado, nos emocionamos, lagrimeamos, reímos y revivimos en recuerdos.
Después de largo rato nos separamos. Nuestras últimas palabras fueron: “espero volvamos a vernos pronto”. En mi interior, esas palabras percibieron el adiós.
Ya el tiempo se nos acababa a ambos.


©Andrés Rodríguez

ENCRUCIJADA


Un mismo camino,
distintas encrucijadas,
miles de amores
salpicados de pasión,
búsqueda interminable
del verdadero conjuro
reencuentro/ pérdidas
morir renaciendo
en angustiosa guarda
de esteros gastados
desorientado en desiertos
hostigo sueños
asido a ilusiones
que desgajan mi alma


©Andrés Rodríguez

EL ESPEJO


Una madrugada, después de ese primer sueño, el más profundo, desperté, el cuerpo bañado en transpiración.
Mi mente atiborrada de pensamientos, buscaba respuesta en los sueños vividos. Me levanté inquieto, mi cuerpo, rebelde con mi mente, sentía contradicciones; me sumergí bajo la ducha, esperando que el frío del agua aclarase mis sentidos. Quedé mirándome en el espejo, me veía como siempre con sensaciones distintas.
No sé cuanto tiempo estuve frente al espejo apoyado con las manos en la pileta. Me detuve a observarme, el cabello teñido en canas, la frente cruzada por arrugas como cicatrices de batallas pasadas, mis ojos, que sin dar cuenta comenzaron a mostrarme momentos de esa lejana niñez .
Me encontré junto a mis amigos. Habíamos formado un círculo, librábando una encarnizada batalla para proteger nuestra caravana, moríamos tan rápido como renacíamos para seguir disparando, nuestras balas eran infinitas como aquellos indios que nos atacaban, una lucha desigual e interminable.
Pronto conducía una diligencia, con gran osadía escapaba de bandoleros que querían apropiarse del dinero que transportaba; como relámpago me convertí en pirata ocultando algún tesoro en una isla lejana, para luego ser corredor ,más tarde policía y en un instante doctor y soldado, conductor de camiones, trapecista , domador, ,piloto, buzo. Me encontré solo en una gran ciudad siendo el único sobreviviente a un holocausto nuclear, y así fui transitando aventuras, por momentos solo y en otros con amigos, pero siempre luchador por el bien y la justicia.
Entonces me reencontré en el espejo, las vivencias todas allí, en mi interior. Miré el reloj, sequé mi rostro, apagué la luz.
Mi mente seguía encendida con todas aquellas imágenes; pensé en dormir, mañana debo sentarme frente al monitor y vigilar aquellos que están en la tienda.


©Andrés Rodríguez

viernes, 7 de noviembre de 2008

UN PASO




Caminó lentamente, se detuvo en el borde de la escollera; lo separaban del agua apenas unos centímetros. La vista perdida en el horizonte, sus ojos bañados en lágrimas decían del profundo dolor que lo embargaba; miles de recuerdos asaltaban su mente, momentos felices y otros muy duros. Era claro que la decisión aun no estaba tomada, sería que carecía de valor o simplemente quería retener en su mente las imágenes que a raudales lo invadían.
Adelantó su pie, el paso sería definitivo. Al instante lo volvió a su lugar, en ese juego macabro de la despedida no podía llegar al fondo de su tragedia.
Sabía que sólo le quedaban dos alternativas, dejarse caer y terminar aquella desdicha o pararse frente a todos y afrontar el camino que años antes eligió.
Había llegado la gran encrucijada, siempre estuvo rodeado de tanta incomprensión como amor.
Después de unos momentos, dio un paso atrás.
La decisión había sido tomada, aferró su celular, llamó y en un ruego pidió encontrarse. Instantes más tarde, frente a su familia, presentó a su pareja.
Sólo dijo: él es Mariano, por el elijo vivir.


©Andrés Rodríguez

GRITOS


escuché todos tus gritos
percibí tus silencios
asimilé
las superficies

te redimí cada instante
comprendí pecados
amé tus plegarias

recibí los pagos de tu deuda
nuevas presencias
en estadios austeros

cuando el regalo sí caía
y los amaneceres dibujaban
nuevas rayuelas en tu alma



©Andrés Rodríguez

SIN RETORNO


Llegada la tarde recién se levantaba, en su rostro se leía el mal dormir, tenía en los ojos la pintura del día anterior, su tez pálida mostraba el tiempo que hacía no tomaba sol. De aspecto agradable, mente despierta, cabello largo, negro, se mostraba atractiva.
En su cuarto reinaba el desorden, igual que en su vida,
Habitaba en una pensión de San Telmo; el cuarto no era muy grande, una ventana de reducido tamaño dejaba entrar algo de luz, con baño compartido, en un tercer piso.
Cuando enfrentaba la escalera en la mañana, al regreso, contaba cada uno de esos escalones como pesares en su vida.
Vino a la capital hacía un par de años, trayendo en su bagaje la ilusión de una vida mejor.
Dejó en su pueblo a sus padres y hermanos, cansada de no encontrar un horizonte favorable.
Cuando llegó fue a vivir con un familiar lejano y se puso en campaña por trabajo; en poco tiempo encontró de cadeta, todos le pedían experiencia y ésta era una forma de hacerla. El sueldo demasiado magro apenas le permitía sobrevivir y menos pensar en ir a vivir sola.
Se enamoró de un muchacho y en breve se fueron a vivir juntos, ilusionada con formar una familia.
Transcurrido un tiempo, empezaron los problemas. Él empezó a beber, primero los fines de semana, luego casi a diario; la convivencia se hizo insoportable, comenzó primero a agredirla verbalmente y después físicamente.
Tenía que tomar decisiones, comenzó por separarse y buscar donde vivir.
Regresar de su familiar ya no era posible, volver a su pueblo era afrontar una derrota, alquiló un cuarto y se mudó.
Ganaba para pagar esa habitación sin lujos y con mucho sufrimiento comenzó nuevamente.
En la pensión conoció a unas chicas que trabajaban en una wisqueria. Por noche ganaban lo que ella en una semana, así empezó a transitar la noche. Ya no puede regresar, el camino la llevó demasiado lejos, de la chica de pueblo tampoco le quedaban ilusiones.
Hoy la suelo cruzar cuando oscurece en alguna esquina de San Telmo junto a otras que, como ella, perdieron esperanzas.



©Andrés Rodríguez

viernes, 31 de octubre de 2008

EL VIAJE




Había llegado el fin de semana, la interminable rutina concluyó, quedaron atrás cinco días; otros tantos de mi vida.
Llegado a casa me esperaba la otra inercia, más dolorosa que la anterior. Al tiempo que transitaba el camino a mi habitación sembraba las ropas, sobre la silla el saco, en el sillón la camisa, el pantalón en algún lugar sobre la cama, una ducha, un café, televisión, las mismas noticias repetidas hasta el hartazgo.
Recostado, casi somnoliento me asaltó la idea de subir al coche y perderme en alguna dirección. Me levante, vestí ropas cómodas y me marché.
No sé por cuántas horas manejé, ni tampoco en qué dirección, no era importante, solo quería huir. La madrugada me sorprendió en un camino poco transitado, detuve la marcha, recliné el asiento y me dormí. Perdí noción del tiempo, cuando desperté percibí una mudez sepulcral. Bajé del coche, caminé observando el entorno a la búsqueda de algún signo de vida, todo era silencio, me encontré perdido. Subí al coche, no funcionaba, esperé en vano que alguien pasara para prestarme ayuda, las horas transcurrían en soledad.
Con el pasar de los momentos me detuve en el paisaje. Austero, sin colores ni árboles o pájaros; durante la recorrida descubrí en la lejanía una casa. Me puse en marcha, caminé largo rato, por momentos percibía que se alejaba, ya tarde llegué. Era una magnífica casa de dos plantas en medio de la nada, de aspecto cuidado; me aproximé golpeando y saludando a viva voz, nadie contestó. Aporreé con fuerza la puerta sin obtener respuesta, quise marcharme pero algo me lo impedía. Me senté en la galería a esperar, después de un rato llamé nuevamente, sin más abrí la puerta, insistí pero nadie respondió. Dentro de la casa ya en el hall, pude observar varias puertas que rodeaban una imponente escalera que llevaba a la planta alta, a mi derecha a diferencia de las otras, una estaba entreabierta, el interior lucia lúgubre , dentro reinaba desorden, sobre una mesa apilados desprolijos, libros y papeles, muebles puestos al descuido, ceniceros llenos. Esa imagen me impactó.
Me dirigí a la habitación que enfrentaba a la anterior, con sorpresa pude abrir la puerta fácilmente, dentro sólo había una mesa y una silla, sin ventanas, apenas una tenue luz que se filtraba por una rendija, permanecí allí largo rato. Me senté, apoyado observé mis manos, arrugadas, gastadas y vacías, así recorrí los ambientes de la planta baja, en cada uno encontré sensaciones que hacía mucho no sentía.
Tomé valor y comencé a subir esa imponente escalera, con cada escalón me iba sintiendo más ligero, sensación de dejar a cada paso pesadas cargas. Al tiempo que ascendía la luz se hacia más intensa, envolviéndome agradablemente.
Cuando llegué a la parte alta, inmerso en esa ensegecedora luz, escuché una voz suave y dulce. Abrí los ojos, me encontré sentado en el coche, frente a mí una hermosa mujer.
Mi viaje había terminado, pasados los años, regresé por el mismo camino. Nunca encontré la casa.
¿Sueños o realidades?

©Andrés Rodríguez

RESURGIR


De cuántas vidas
Llegas

Cuántos bagajes
Dejaste

Muertes
en vidas pasadas

Tiempos renunciados
Renacen hoy

Asimilaste dolores
Transitaste sufrimiento

Transmutaste espacios
Reencarnando vidas

Recomprando deudas
Resurgiste en luz

Estás aquí

©Andrés Rodríguez

HIJO


Estas aquí, yo a tu lado, caminemos juntos, deja que me apoye en tu hombro, como tú sueles hacer; hoy necesito el tuyo.
Hablemos con este dialogo diferente que la vida nos impone, déjame contarte hermosos momentos. En este tiempo que trascurre, inexorable y tirano, quiero que comprendas, quiero comprender, quiero entiendas, quiero entender lo que hoy nos toca vivir. Quiero que sepas que estoy a tu lado, sintiendo la misma ternura que me nació el día que llegaste a mi vida, ésa que sentí cuando te cobijé la primera vez en mis brazos.
Cuánta dicha me trajiste, verme en tus ojos plenos de inocencia, sentir en mi alma cada uno de tus latidos.
Déjame apoyar en tu hombro, hoy lo necesito, quiero que sepas que entendiendo, pero me rebelo a aceptar lo que te pasa, por ello estoy y siempre estaré a tu lado, acompañándote en este camino sembrado de sinsabores.
Déjame mirarme en tus ojos y decirte que la vida nos brinda alegría y tristeza. Vivamos las alegrías disfrutándolas desde el amor, sabiendo que estamos juntos y aprendamos a sobrellevar las tristezas en unión.
En mi corazón, llevaré por siempre este dolor, también el amor que siento por vos, eres mi hijo, sangre de mi sangre, en ti están todos los hermosos sentimientos de mi ser.
Ven, sigamos caminando juntos, déjame tu hombro, hoy lo necesito, el mío siempre estará, como mis brazos para cobijarte


©Andrés Rodríguez

domingo, 26 de octubre de 2008

A ESA QUE ESPERO


Llegaste
Hace tiempo espero
Qué te detuvo

Tardaste demasiado

Sabias de mi agonía
Angustias vividas
Alegrías truncas
En busca de amores

Tardaste demasiado

Dejaste cansar mi cuerpo
Cargaste mis ilusiones
Apoderándote de mi alma

Ya estas aquí
Llévate estos despojos


©Andrés Rodríguez

REALIDAD



Aquel día dejé de mirar a través del cristal que la sociedad pone y que en cada tiempo lo pinta de diferente color.
Cansado de épocas mentirosas y rutinas vanas, salí a caminar.
A la vuelta de la esquina comencé a tomar conciencia de la realidad que nos rodea y que por comodidad o ignorancia no vemos.
Cerca de donde habito, encontré un grupo de jóvenes cuyas edades no superaban los diecisiete años. Me detuve a observarlos, mostraban su condición humilde, de vestir descuidado, unos recostados sobre una pared, otros de pie. Reunidos para pasar el tiempo, lo único de valor que les quedaba, junto a ellos había varias botellas de cerveza y algunos packs de vino que se iban pasando en ronda.
Me acerqué, después de un rato y algunas preguntas logré vencer la desconfianza natural que les infundía.
Cuando la charla se hizo más franca, sus relatos me golpearon descarnadamente.
Sus vidas estaban vacías, algunos habían dejado sus estudios, otros nunca los empezaron; tampoco trabajaban, pero la mayoría decía que no hacia falta siempre se rebuscaban algún mango para birra y faso.
Uno de ellos contó: - mirá vivimos en aquella villa, mi familia es un quibombo, soy el octavo hijo; de los primeros no sé quiénes son los padres y no me interesa. Mi viejo era borracho, nos fajaba a mi vieja y mí. Se dedicaba al afano, nunca se le conoció un laburo, no nos dio nada, sólo broncas. Mi vieja tiene un tipo que no banca, viene y va cuando se le canta, ella labura de sirvienta, apenas nos alcanza para morfar. Yo sólo paso el tiempo en esta esquina dándome con virra y paco, cuando me rebusco un mango-.
Pasé la tarde con ellos, me marché con la carga emocional de la impotencia creada por falta de oportunidades y respuesta.
Llegué a mi casa y escribí esta historia, una de las tantas que hoy nos rodea y no queremos ver.



©Andrés Rodríguez

CUANTO TIEMPO


cuánto tiempo sin salir de mí
sin encontrar el camino
siguiendo huellas extrañas
perdiendo sentires
encontrando angustia / penares
visitando páramos
hoy pregunto
vagaré por siempre


©Andrés Rodríguez

sábado, 18 de octubre de 2008

ARBOLES CASA ADOQUINES


Caminar sin rumbo ni prisa, sólo deseo de dejar transcurrir el tiempo. Sin destino andar por calles transitadas en otros momentos, disfrutar el paisaje; observar, sólo observar. Me urgía ver y disfrutar cada instante.
Vagar sin rumbo fijo, quizás era la primera vez que lo hacía, otrora fue diferente. Necesitaba sentir el transcurrir de las horas.
Transité calles, llegué a encrucijadas, tomé atajos, por momentos estuve perdido reencontrando la senda.
Recordé, en una de esas calles, los árboles que la adornaban. En aquel tiempo eran frágiles ramas, hoy frondosos y añejos dueños de las veredas donde acumulaban sus hojas en diferentes colores.
A los márgenes la arboleda, en custodia, los viejos adoquines. Por momentos ordenados en perfecta simetría y en otros con profundos baches, en algunos lugares faltaban y en otros puestos al boleo.
Los árboles, las calles, esos adoquines, custodios de las casas. Algunas castigadas por el tiempo, otras hermosas y bien cuidadas, entremezcladas aquellas que recién comenzaban a formar parte del paisaje.
De regreso me detuve en la plaza, me senté a disfrutar la frescura del atardecer, recorrí mi vida. Como aquellos árboles, de una frágil vara en un fuerte adulto. Me vi en sus casas, sentí que el día que me marchara dejaría una huella perdurable como esos adoquines.


Andrés Rodríguez

LA BUSQUEDA


Me cuestionaba todos los días si seguir el camino o decir basta; sentarme a su vera y ver el paso de aquellos, que como yo, corren tras la quimera o ir en dirección contraria. Pero la fuerza de la costumbre me llevaba a seguir en él.
Responsabilidades, obligaciones, costumbre o simplemente la inercia del devenir de los días.
O la cobardía de no querer enfrentar la vida desde el cambio que se gestaba en mi interior.
Así trascurrían los días, caminos transitados en esa rutina inacabable de lo absurdo, aprisionar el cambio dentro, priorizando el vacío de aquellos momentos.
Y el valor
¿Dónde está?,
¿Lo habré perdido en el recodo de algún camino andado a disgusto?
¿Y los sueños?
¿Dónde están?
¿Dónde quedaron?,
¿Se hundieron bajo el peso de los años como las ilusiones, esperanzas y anhelos?
¿Tendré que escarbar exhumando años para recuperarlos hasta llegar al amor?
Ése, que con la frescura de la juventud algún día soñé haber encontrado y del que hoy sólo quedan migajas.
La balanza marcaba ya el desequilibrio. Me era imposible persistir, no contaba con la fuerza que imprimía mi interior para perseguir la quimera.
Me detuve y ese día dije basta, comencé la laboriosa tarea de de exhumar años, suturar heridas, desechar dolores.
Entonces me refugié en lo más profundo de mí, donde nada ni nadie pudieran penetrar.
Desde ese momento fui un relegado. Solo con la soledad, que me acompañaba y no aceptaba. Ahora caminamos juntos.
Relegado, encontré lo perdido, aquello que los otros no entendían.
Ahora estoy bien.
Si me quieres ver y compartir un momento, te espero.
Estoy en el neurosiquiatrico del pueblo.


Andrés Rodríguez

sábado, 11 de octubre de 2008

RENACER


Inexorablemente llegaba la noche, plagada de fantasmas que no querían marcharse (o él no los dejaba), de una u otra manera eran su única compañía.
Hacía ya tiempo estaba solo, sus hijos formaron familia y emigraron, hacia horizontes distintos; por ese motivo los veía de tanto en tanto, nunca juntos como antaño.
Los días transcurrían en rutina, los amigos se marcharon acentuando la soledad.
Habitaba la casa en las afueras de la ciudad, por únicos compañeros sus perros y el canto de pájaros y grillos,
Un día ahogado en soledad salió, sin darse cuenta que comenzaba un viaje por los recuerdos.
La primera parada fue el bar, donde todas las semanas se reunía con los amigos hasta el amanecer; ocupó la misma mesa, testigo de irrepetibles momentos.
Después del café retomó el camino en un circuito interminable de vivencias.
Las calles mostraban melancolía, los árboles desvestían ropajes amarillentos y naranjas.
Recorrió la plaza una y otra vez en búsqueda de un rostro amigable, anduvo por horas rodeado de recuerdos, para retornar a su casa y enfrentar la soledad.
Al día siguiente al levantarse algo había cambiado.
Se sintió inquieto, inconforme. Lo de antes ya no le servia.
El día anterior en su viaje se había desprendido de los fantasmas que por tanto tiempo lo acompañaron.
Ya estaba listo para comenzar un nuevo camino.


©Andrés Rodríguez

Dejarse ir


Con sus mismos sueños, albergando la misma soledad transitaba sus tiempos. Los amigos, poco a poco, se marcharon.
Estaba solo.
Es difícil que alguien que no transita esos caminos pueda comprender en magnitud su soledad. Él la sentía, había atrapado todo su ser, ya era su compañera de ruta. Aún así luchaba por alejarse, en todo momento le presentaba batalla, dentro de su mente todavía existían anhelos, sueños, esperanzas; sus gladiadores impedían que se dejara ir.
Más de una noche llegaban voces que le hacían saber que era hora de marcharse; allí no quedaba nada, que terminara de una vez el sufrimiento. Las lágrimas bañaban noche a noche su rostro y desgajaba su alma en mil pedazos.
Hacía pocos meses que estaba jubilado, su mujer dejó el camino varios años antes, tampoco estaban sus hijos.
Se planteaba si merecía llevar esa carga tan pesada.
Recorría diariamente cada uno de los espacios de la casa tratando de encontrar aquella felicidad pasada; en su dormitorio todavía estaba la ropa de su esposa, nunca encontró valor para sacarla. El orden era envidiable, todo permanecía en igual lugar desde hacía meses, el mismo que no salía a la calle.
Todo en él era rutina. Se levantaba, hacía prolijamente la cama, limpiaba sobre lo limpio, luego se sentaba en su viejo sillón junto a la ventana y dejaba transcurrir los días.
En las noches las voces se hacían presentes con mayor intensidad, pero no lograba entender qué decían, entre ellas alcanzaba a escuchar la voz de una mujer que le resultaba familiar.
Una tarde, la puerta se abrió abruptamente, entraron en la casa un matrimonio con sus niños, con ellos estaba su hijo, hacía tiempo no lo veía, la última vez fue cuando despidieron a su madre.
Quedó allí sentado, sin decir palabra, los visitantes hablaban y recorrían la casa, alcanzó a escuchar a su hijo decir que esa había sido la casa de sus padres, que era tiempo de venderla.
Indignado se incorporó, mirando a los visitantes les gritó que se fueran, él todavía habitaba allí.
No hubo respuesta, se sintió ignorado, con rabia pegó un puñetazo en la mesa, con el estampido los presentes se dieron vuelta, pero enseguida retomaron la conversación marchándose de la casa.
Todo quedó en silencio.
Esa noche retornaron las voces, esta vez las percibió claras, abrió los ojos, a los pies de la cama estaba ella, su esposa, tendiéndole la mano le dijo dulcemente:
–Ven conmigo ya es tiempo que nos acompañes.
Junto a ella, aquellos que tanto extrañaba.

®Andrés Rodríguez

AQUEL ENSUEÑO




Desde la lejanía, se podía observar la magnifica casa en la colina vestida de faldas verdes, rodeadas de añejos árboles cuyas ramas parecían abrazarla pretendiendo que el tiempo no la rose.
Llegar imponía un tiempo, el sendero de tierra serpenteante, por momentos besando un arroyo custodiado de margaritas, que dejaba caer displicente las aguas de una vertiente cercana.
Parado en la reja de la entrada, podía apreciarse el cuidado jardín atiborrado de rosas, estatuas, fragancias, sensación de ingresar a un mundo de ensueño.
Por mucho tiempo me acerque hasta el fastuoso portal los días que había fiesta, viendo pasar a los invitados engalanados para la ocasión, mujeres en vestido de fiesta y los hombres luciendo jaques. Cuando me alejaba del lugar fantaseaba algún día formar parte de esa trup.
Después de años, regrese a ver la fastuosa mansión no lucia el esplendor de antaño, el tiempo la rozo, en ambos dejo sus huellas, la luminosidad se marcho como en mis ojos, decaída como mis carnes, árboles secos como los sueños ya sin rosas como el transitar de los días. Hasta la vertiente dejo de fluir su elixir de vida.
De regreso, me refugie en el tiempo en que observe aquel esplendor.



©Andrés Rodríguez

lunes, 6 de octubre de 2008

LA ESPERA




Entró al bar, recorrió con la mirada cada una de las mesas; eligió la mas alejada, casi en un rincón. Quería aislarse. Su andar denotaba nerviosismo; se sentó, mirando fijamente la puerta. Acomodó sus cosas, se arregló el cabello, prendió un cigarrillo. Permaneció largo tiempo perdida vaya a saber en qué momentos vividos. Repetidas veces miró el reloj. El tiempo transcurría. Su rostro se endurecía, auguraba pesares. Se aferró al celular, marcó sin obtener respuesta. Había pasado hora y media. La tristeza la dominó. Jugueteó con la cuchara en el pocillo. Prendió otro cigarrillo. Derrochó recuerdos. Tomó una servilleta, secó sus ojos, miró nuevamente la puerta. Suspiró. Consiguió un bolígrafo de su bolso y escribió sobre otra servilleta. Llamó al camarero y pagó. Juntó sus cosas y se marchó.
Sobre la mesa quedó la nota. Me apresuré a asirla, antes que el camarero retirara el servicio.

Decía:
Puse mi vida en tus manos
tu amor en mi corazón
pusiste un hijo en mi vientre
prueba de mi amor
la razón de tu olvido

Salí del bar. Se la tragó la ciudad; como traga nuestras angustias y olvidos.



©Andrés Rodríguez

RUTINA ROTA


La mañana era fresca, en la noche había llovido copiosamente, amaneció un día diáfano. Salí a caminar el pueblo sin rumbo fijo ni tiempos perennes. Los verdes intensos se mezclaban con las hojas amarillas del otoño. Todo estaba en orden.
Como en todo pueblo del interior, se respiraba tranquilidad. Lentamente éste comenzaba su ritmo rutinario; nada salía de lo común. El barrendero acomodaba la calle, los repartidores con su usual recorrido; una que otra vecina aseaba la vereda, algún chico atrasado en su horario se apuraba por llegar a la escuela.
Al dar vuelta la esquina observé algo que no pertenecía al paisaje habitual.
Su andar cansino. La mirada perdida pero atenta a los cestos de basura, que revolvía a la búsqueda de aquel tesoro que lo saciara. Su vestimenta hablaba por sí. Enfundado en prendas de diferente color, emparchadas y desgajadas. Sucias como si hubieran sufrido caóticas batallas. Barbudo, de rostro curtido por el tiempo y avatares.
Comencé a seguirlo. Quise preguntarle. No tuve valor para conocer su historia. Pensé cuál fue el punto de inflexión en su vida.
Atravesó el pueblo despertando curiosidad y rechazo en aquellos que lo cruzaban. Lo seguí con la mirada hasta que desapareció tal como había llegado.
Dejé el lugar y regresé a casa. Al entrar, tomé a mi hijo en brazos y mirándolo a los ojos, no pude más que llorar por aquel ser desamparado.


©Andrés Rodríguez

domingo, 21 de septiembre de 2008

encontrarme en tus ojos


encontrarme en tus ojos
sentirte en mi aliento
beber tu sudor
abrigarme en tu cántaro

recorrer con mis manos
senderos de sosiego
trémulos jadeos
de sublimes beatitudes

reapuesta de plegarias
vociferadas al vacío
ecos vibrantes
deseos reencontrados

desierto en almas perdidas
mares inmensos
de lagrimas echadas
oasis del alma donde ya estas

©Andrés Rodríguez

AYER, HOY Y MAÑANA


Trascurrían, los últimos años de su vida, estaba ya en la famosa tercera edad, hacia poco tiempo la jubilación estaba a su puerta y también su realidad.
Trabajo desde los primeros años de su vida, en la primaria, al salir de segundo grado, canasta al brazo, solía recorrer las calles entregando el pan de la panadería del pueblo, su salario por cierto escaso, pan para la mesa de su casa y también alguna que otra factura sobrante del día anterior.
Caminando fatigosamente con su carga a cuestas, iba deletreando, repasando la clase del día, tenia a su corta edad esa chispa interior que lo acompañaría por largo tiempo; en claro estaba, a la vida hay que ganársela y el estaba dispuesto a presentar lucha, una lucha cruel , desigual a esa corta edad, pero su afán superaría todas las barreras.
Así entre el colegio y el trabajo fueron pasando sus días, fue creciendo, capitalizando conocimientos y asimilando errores, aprendió que si debía tener algo solo dependía de el, contaba con esa fuerza interior que arremete y empuja desde adentro, desconociendo abetares y sinsabores, debía timonear su vida para llegar a aquel lejano puerto.
Fueron pasando los años, subiendo por momentos peldaños de a dos y en otros casos cayendo de a cuatro.
Su adolescencia transcurrió con soltura, dueño de esa experiencia única que se gana en la calle y atesoramos en la vida.
Se enamoro infinidad de veces y otras tantas perdió el amor.
Pero llego a su puerta aquella que lo acompañaría, fueron tiempos de lucha, alegrías y sinsabores, ella pronto lo dejo solo, le dejo el maravilloso regalo de ese amor, sus hijos, que lo acompañarían transitando los años venideros. Sin darse cuenta transcurrieron los años, hoy la vida nuevamente trajo dolor, pero también su recompensa , un amor , como aquel que en la adolescencia soñó, amor respetado profundo en inteligencia, dotado de paz, para deleitarlo a sorbos y paladearlo en cada instante.
Hoy la jubilación, tercera edad, últimos años del camino, también los seres queridos y el respeto de quienes te conocen y acompañan, hoy también esa chispa que nunca se apago y brilla con la misma fuerza en tu interior a cada instante.


©Andrés Rodríguez

ANHELOS


Miramos
nadie nos miró.
Gritamos
nadie nos escuchó.
Andamos
lo hicimos solos.
Pedimos
nadie nos dio.
Buscamos
no encontramos.
Por eso hoy
veo grito escucho
camino y me acompañás
busco
y te encuentro a mi lado


©Andrés Rodriguez

UNA TARDE



Llega la tarde, el sol comienza a perder luminosidad.
Todo lo que nos rodea va poco a poco disipando su brillo, el tiempo toma una nueva cadencia. Llega a mí el sosiego del crepúsculo.
Me detengo a observar tu ir y venir, inacabable universo de quehaceres, sumergida vaya a saber en qué mundos. Te miro, te encuentro, estás linda como el día que te encontré. Tu andar pausado pero firme, tu mirada que habla de anhelos y ansiedades, la palabra dulce en el momento adecuado, la caricia a flor de mano dispuesta a albergarme en ese segundo de placer.
Mirarte, lentamente recorrer cada uno de tus gestos, escucharte en cada uno de tu decires. Saber que estás y mañana también. Y pasado. Que nuestros caminos se cruzaron para encaminarse juntos. No más pensamientos solitarios o angustias, hoy ya estás aquí .



©Andrés Rodríguez

domingo, 14 de septiembre de 2008

ORFEBRE




Todos los días hacía el mismo camino, no sólo de vida. Nada pasaba ni alteraba su ritmo. En ese aburrido transitar, iban trascurriendo sus días. No cuestionaba nada, resignado a ese deambular de sensaciones adormecidas había perdido la chispa de la aventura. Dentro de su mente vivía en el sopor de lo previsible. Cada segundo todo igual.
Un día sin saber cómo o por qué, despertó de su letargo. Nada era igual. Ya nada lo conformaba. Comenzó a cuestionar todo.
Primero en su mente y luego, poco a poco, con palabras y hechos descubrió que fuera de su coraza había un mundo. Empezó a demandarle todo aquello, que de alguna manera, se había negado y se preguntó por dónde abordar. Cómo vislumbrar qué era vivir, qué hacer con este sentimiento de dar y recibir, amar, confiar.
Percepciones gratificantes y terroríficas para quién nunca las concibió.
He aquí su disyuntiva. Volver a su estadio anterior o buscar el valor de atreverse a lo desconocido. Se dijo que si todo lo anterior estaba en orden, esto nuevo traía riesgos.

Entonces tomo su decisión.
Dijo: - si un día al levantarme descubrí todo esto, me acostare y veré que pasa al despertar-.

Y así lo hizo.
Durmió y durmió. Un día despertó y nuevamente encontró aquellos cambios.

Esta vez se miró al espejo, se vio arrugado y tembloroso. Entonces comprendió que era tarde.


©Andrés Rodríguez

HOY


quiero que caminemos juntos
déjame tomarte de la mano

deja que inscriba
esta sensación de seguridad
que me brinda tu amor

ven caminemos juntos
quiero contarte y me cuentes
verte / me veas
sentirte / me sientas

dejemos que el paisaje nos envuelva
que sean fragancia estos instantes
a lo largo de los tiempos

estamos aquí
sólo tú y yo

ya no existe otra cosa en nosotros
es nuestro tiempo
el que pensamos no volvería

porque hoy encontramos
lo que una vez perdimos
o nunca tuvimos

déjame que te acompañe
descubramos juntos el camino
no elijamos atajos

esos acortarían este vivir



©Andrés Rodríguez

UNA RESPUESTA


Era una tarde cualquiera, un día como otros, de esos días de intrascendente banalidad. Salimos a transitar la ciudad. Habíamos tenido algunas palabras, fuertes algunas, otras dolientes; los dos tratábamos de acomodar en la mente los resquicios de la batalla verbal. A ambos nos pesaba la angustia, la incomprensión Caminamos en silencio, él hablaba por nosotros. Sin miradas, ésas se habían marchado, no nos atrevíamos a rozarnos siquiera. Cada uno se había refugiado en lo más profundo de su coraza, sin saberlo, habíamos comenzado a transitar sendas diferentes. Había llegado el momento del adiós, no teníamos el valor de decirlo. Ambos en el interior luchábamos por borrar momentos felices, los tiempos se acortaban la tarde llegaba a su fin como nuestro andar, nos detuvimos la mire a los ojos, ella quiso rehuir la mirada, no pudo, mirándonos a los ojos nos dijimos adiós, ya sin palabras, sin reproches comenzamos a alejarnos, nunca mas la vería, pero aún guardo en mi su mirada y en ella la pregunta que hoy todavía no pude contestar.
PORQUE MI AMOR


©Andrés Rodríguez

ATARDECER


cuando llega el atardecer
me siento a esperar
que aparezcan
las estrellas
una a una aparecen
cada una representa
un deseo un anhelo
el amor

aparecen y las voy reconociendo
mirá: apareció el deseo
en ella estás vos
mirá: apareció el anhelo
en ella estamos los dos
pretendiendo nunca termine
la magia que encontramos hoy

y siguen apareciendo
pueblan el cosmos
como hoy habitan
no sólo mi corazón

cómo expresarte mi alegría
cómo contarte mi amor
podría ponerle palabras
pero nunca lograría
la inmensidad de este amor

vení sentate a mi lado
mirémoslas juntos
vení compartamos la vida
alberguemos plenamente
este amor que es de los dos.


©Andrés Rodríguez

sábado, 6 de septiembre de 2008

TE MIRO



Te miro
Estas allí
Extiendo mi mano
Rozo tu rostro
Alzas tus ojos
Llenas mi alma
Me acerco a tus labios
Recibo tu aliento
Despiertas deseos
Enciendes pasiones
Te siento
Estas en mí.

©Andrés Rodríguez

HILOS DE VIDA


Miraba transcurrir la vida desde aquel pequeño recuadro. Todos sábados se agolpaban chicos y no tan chicos a vivir la fantasía de historias ocurridas en lejanos lugares.
Actuaba representando juglares o mendigos, podía ser caballero en defensa del amor de alguna princesa o cantarle a un balcón donde anidaba su amor.
Su mundo era la ilusión reflejada en aquellos que se deleitaban con sus historias. Representaba la magia que todos vivimos en los sueños.
Su vida se apagaba cuando el titiritero lo colgaba hasta el próximo sábado.

©Andrés Rodríguez

RESURGIR


De cuántas vidas
Llegas

Cuántos bagajes
Dejaste

Muertes
en vidas pasadas

Tiempos renunciados
Renacen hoy

Asimilaste dolores
Transitaste sufrimiento

Transmutaste espacios
Reencarnando vidas

Recomprando deudas
Resurgiste en luz

Estás aquí


©Andrés Rodríguez

EL CHUECO


Se marchó con una sonrisa, en su honor les voy a contar la historia.
Según aquellos que decían conocerlo, había nacido en una estancia de la provincia de Buenos Aires. En aquel entonces el juez de paz pasaba de tanto en tanto anotando los nacidos; a veces lo hacía cada dos años, otras cada cuatro; haciendo un promedio creo que cuando se marchó rondaría los ochenta.
Creció rodeado de peonada, de estudio poco y nada, lo aprendido lo recibió de la tierra y lo mamó de la vida que le tocó transitar.
Desde chico, siempre levantado al amanecer, aprendió todos los quehaceres del campo donde transcurrieron sus días.
De contextura robusta, mediana estatura, tez curtida, ojos claros, manos ajadas, pómulos y nariz coloreadas de vida.
Y chueco, de donde nació su apodo.
El chueco, como lo conocían en todo el pueblo y los parajes vecinos, era afable, dispuesto a tender una mano y siempre una sonrisa en el rostro.
De joven no dejó flor sin picar, esto le acarreó más de una vez tener que zafar de algún enredo comprometido.
Su gran sueño era hacer el servicio militar y de esa forma conocer mundo; no fue posible, le tocó en un cuartel cercano al pueblo.
Aun así no perdió esperanzas, de tiempo en tiempo se quedaba horas en la estación de tren juntando valor para algún día abordarlo.
Otra de sus pasiones eran los partidos de chinchón en el bar-almacén los fines de semana y los fogones de los sábados a la noche, guitarreada, cuentos, asado rociado con vino tinto. Ya amaneciendo, cuando el fuego no calentaba, unas ginebras. De regreso al puesto su caballo se encargaba de volverlo ya que él carecía de lucidez.
Así fue transcurriendo su vida, trabajo duro, pequeños placeres en días libres, tenía por familia la peonada y la inmensidad de amigos que había cosechado.
Se marchó con una sonrisa. En el pueblo aun se le extraña, en la lápida sus amigos tallaron:

“Partió a cumplir un sueño”.

©Andrés Rodríguez

sábado, 23 de agosto de 2008

te parió la luna


te parió la luna
te engendró el dolor
diste a luz ausencias
buscando compasión

©Andrés Rodríguez

VIDA ARREBATADA I


Ya tarde en la noche regresaba con su preciosa carga, no sabía si pesaba más su vida o lo que acarreaba.
Abrumado por la sensación de desamparo en su interior la pregunta reiterada: “por qué a mi “.
Durante años trabajó en una fábrica como operario, de buen desempeño, cumplidor con las pautas impuestas en el trabajo y la sociedad; de nada valieron sus idoneidades, la crisis lo había alcanzado.
Ese día regresó a su casa, la angustia y el dolor lo invadían, en un instante todo había cambiado, los sueños se esfumaron y la realidad se instaló, ya era un desocupado más.
Al día siguiente salió a la búsqueda de un nuevo trabajo y así reiteró la rutina por mucho tiempo. La edad no lo ayudaba, tenía cuarenta y para la sociedad era viejo.
Los recursos se fueron agotando; los gastos diarios y el alquiler jugaban en su contra. Primero se desprendió de objetos de valor adquiridos con mucho sacrificio, después fue el turno de la casa y así marchó a la villa. Pero no estaba dispuesto a perder el honor.
Juntó chapas, palos, cartones y construyó su refugio.
En su mente y corazón sabía que de alguna forma lograría salir de la adversidad, por eso en un rincón del ropero aún guarda, bien enfundada, la ropa que otrora usara en aquella fábrica.


©Andrés Rodríguez

VIDA ARREBATADA


Iba arrastrando aquel carro construido por él con el gabinete de una vieja heladera. Le colocó ruedas de bicicleta desgastadas, sin cubierta, le agregó dos varas, una a cada lado; en la punta de éstas una cincha, que se colocaba por el cuello y las pasaba bajo sus brazos; de esa forma podía jalar de él. El carro pesaba más que la carga que podía acarrear; “no importa”, pensaba mientras tiraba de el, “lo único que dejo es mi vida, y ya no tiene ningún valor”.
Salía de su casa en un asentamiento en los alrededores del Gran Buenos Aires. Construida de cartón y chapas en desuso, era su refugio de la tremenda realidad que lo acosaba.
Su familia estaba compuesta de esposa y seis hijos de distintas edades, de catorce para abajo hasta llegar a siete años el menor.
Salía a primera hora de la tarde, el camino a recorrer era largo, siempre alguno de sus hijos lo acompañaba, llegaban a puente La Noria por el camino de la ribera, pasaban por debajo del puente de Pompeya e ingresaban a su lugar de trabajo.
Claro, no tenia que fichar como cuando su vida era otra y trabajaba en una importante fabrica; en aquel tiempo todo era distinto, vivía en una amplia casa con comodidad para su familia, hoy la realidad era otra. Recorría las calles juntando cartones, botellas, metales y todo aquello que pudiera vender.
En su mente iba trocando metales por amor propio, cartones por orgullo, vidrios por deseos. Un duro canje en el cuál él siempre perdía.


©Andrés Rodríguez

domingo, 17 de agosto de 2008

POEMA A MI NIETA


ANKA NI

(Águila de Mar)


Allá
Lejos donde las nubes se pierden en cumbres nevadas
Allá donde estas se juntan con un mar esmeralda.
Allá cuna de las civilizaciones más importante de América.
Allá donde los conocimientos marcaron el continente.
Allá, un día arribó un espíritu dotado de luz, paz y amor.
Allá en ese lujar lejano
Llegó la luz,
Ésa que guiará a aquellos
Que aun la buscan
Ellos que esperan acompañarla
y les muestre el camino
Allá, está hoy mi corazón.
Cierro los ojos y sin conocerla
Me envuelve su luz,
En mis manos su calor
En sus ojos la inocencia
En su ser la ternura.


©Andrés Rodríguez

AQUEL CIRCO


Hacía ya mucho tiempo recorría los caminos, su andar lo comenzó el padre del padre de su padre, varias generaciones dedicadas a dejar magia en cada pueblo.
Esplendoroso cuando fue formado, estaba integrado por los mejores de cada disciplina: trapecistas, magos, payasos, forzudos, domadores con las más variadas especies: leones, gorilas, jirafas, elefantes, perros. Cada función constituía un deleite para los concurrentes.
Era todo un espectáculo verlos llegar, una caravana interminable de vehículos e ilusiones. Se detenían en el baldío más cercano al centro y comenzaban la construcción de la imponente carpa de brillantes colores; su interior contaba con tres pistas donde desfilaban las estrellas.
Después de muchos años volví a encontrarlo, ya no era el mismo; había perdido sus colores y magia.
Me quedé largo tiempo observándolo, comparando en mi mente su pasado esplendor con la decadencia actual.
Me acerqué a un anciano que trabajaba allí y comencé a preguntarle qué había sucedido; amablemente, entre silencios prolongados y voz entrecortada, me contó:
-Cierta vez en una de las giras nos detuvimos en un pueblo, en la primera función el circo rebosaba de espectadores, todo marchaba normal. Cuando le tocó el turno al domador, comenzó su rutina, y en cierto momento, sin explicación ni causa, comenzó a castigar violentamente a los animales. El desagrado del público no se hizo esperar e inmediatamente niños y adultos comenzaron a marcharse.
El lugar quedó desierto, excepto una señora muy mayor, de vestimenta descuidada, cabellos despeinados, rostro curtido, ojos negros de profunda mirada, sentada en una de las primeras filas.
Se paró apoyada en su bastón, miró al domador por unos instantes y musitó en voz baja in entendibles palabras
El domador cesó el castigo, los leones se echaron mansamente y un profundo silencio invadió el lugar -.
Los ojos del anciano se humedecieron y con voz imperceptible agregó:
- Ese silencio jamás nos abandonó -.



©Andrés Rodríguez

AQUELLA VENTANA


Desde aquella ventana, sólo podía divisar una pequeña porción de cielo salpicado por alguna nube errante, que llegaba con la fuerza de sus más íntimos deseos.
Los días atravesaban su vida con la severa lentitud de la espera.
Con la luz sólo horas de tedio, al llegar la noche se dormía observando alguna estrella que se colaba por el minúsculo cuadrado en aquella pared. Sólo alguna estrella nunca una luna
En la noche todo cambiaba, ya en sueños, su espíritu huía a través de la ventana a recorrer lugares.
Espiar a su hijo que hacía años no veía, ver a su madre, compartir con sus amigos una que otra copa, compartiendo alguna historia o sentarse a la vera del rió a observar aquella luna que se niega a cruzar su ventana.
Noche a noche, sueño a sueño, trascurrían sus tiempos, que le daban fuerza para sobrellevar su carga.
Durante el día, recostado en la cama repasaba su vida una y otra vez, justificando a todos aquellos que ya no lo venían a ver. Sólo lo distraía un casal de jilgueros que diariamente llegaban a la ventana y le regalaban libertad.
Hora tras hora recostado en esa cama que había llegado a odiar, recordaba momentos cuando disfrutaba la vida en plenitud.
Ahora dependía de los enfermeros para comer, arreglar su almohada o abrigarlo si tenia frío. Toda su vida cambió aquella noche, a partir de allí fueron todas pérdidas, nunca más sumó.
Hoy la espera y aquella ventana por donde cada noche escapa a vivir un sueño.


©Andrés Rodríguez

sábado, 9 de agosto de 2008

BRUMA




Bruma que acompañas
Tiempos cadentes
Poesía inconclusa
Imágenes sin rostro
Indagan mis ojos
Locura en deseo
Desenfreno temido
Liberado al tenerte
Espero en espera
Recreas mi mente
Llegando a mi ser



©Andrés Rodríguez

SER


Perdido en la noche
Transito desiertos
Reencuentro fantasmas
Desterrados infiernos

Demonios malditos
Moran mi mente

Angustia perversa
Por haber sido

Redimo deseos
Y vuelvo a ser



©Andrés Rodríguez

REQUIEM


Llevaba muchos años en la misma empresa, ejecutaba todos los días la misma rutina, con precisión de reloj, no le hacía falta consultarlo para saber exactamente qué hora transitaba.
Salía de su casa, igual camino, cruzaba la misma gente, el mismo colectivo con iguales paradas; comprar cigarrillos, diario, merienda y el reloj donde fichaba la entrada al trabajo; al hacerlo, repetía con precisión Suiza, el transcurrir de su tiempo.
Estaba comprometido absolutamente con su trabajo, le había dedicado su vida. Bastaba echar una mirada a su escritorio o su casa para ver un orden que rayaba lo obseso, durante cuarenta años sólo vivió para recibir órdenes y rendir cuentas.
No se le conocían amores o amigos, tampoco su familia; su vida era un misterio. Sin hobbies ni vicios, los diálogos en la oficina eran estrictamente de trabajo, rehuyendo siempre cualquier tema donde tuviera que exponer su opinión.
Sus compañeros decían que no era humano, nunca había demostrado ningún tipo de emoción, siempre se preguntaban qué pasaba dentro de su ser.
Un día no llegó al trabajo. Todos se alarmaron pues nunca había faltado.
Con el transcurrir de las horas la incertidumbre creció, casi al final del día el jefe llamó a su casa, donde nadie atendió; luego llamó a la oficina de personal para comentar su ausencia. Recibió por respuesta: “el señor se jubiló”.
Se había marchado sin dejar siquiera un adiós; a nadie afectó ya que nunca cosechó odios, amores o rencores.
Luego de unos meses, uno de sus compañeros encontró una noticia. La crónica decía muy escuetamente:
“Fue hallado por los vecinos anciano muerto en su departamento, su deceso se produjo de muerte natural”.
Pensó, murió de soledad


©Andrés Rodríguez


UN SEGUNDO


La puerta se cerró detrás de él, el estampido lo estremeció, por su semblante se escurrió una lágrima. Aceleró el paso poniendo distancia.
Después de muchos años se sentía libre. El sol golpeaba su rostro, la brisa despeinaba sus canas. Apenas un bolso con algunas cosas de escaso valor, despertador, agenda, varios cuadernos, algunos muy ajados, su ropa quedó en el lugar.
Caminó por horas deslumbrado por todo lo que ante sus ojos se cruzaba hasta detenerse frente a un bar. Miró detenidamente, dudó por unos instantes y entró.
Se ubicó en la mesa que daba a la ventana, de allí tenía un panorama del exterior. Pidió un café y encendió un cigarrillo, su mirada se perdió por largo rato.
Sacó los cuadernos, los colocó sobre la mesa, estaban cuidadosamente numerados; en ellos estaba su vida. Tomó el primero y comenzó a leerlo; hoja a hoja recordaba angustias, dolores, ansias y temores. Su rostro por momentos se ensombrecía y en otros dibujaba una que otra sonrisa.
Así pasaron las horas, como también la lectura, en ese tiempo miró repetidamente el reloj, estaba oscureciendo. El día había trascurrido demasiado rápido en los recuerdos pero lento en sus ansias. Mostraba cansancio, pero se resistía a abandonar el lugar; bajó la vista, tomó el último cuaderno y comenzó a leer las pocas páginas escritas en él.
Una voz lo interrumpió, levantó la mirada, ante él una anciana lo llamó por su nombre; con un gesto hizo acercar a dos hombres y una mujer.
Con voz entrecortada le dijo: estos son tus hijos, por un segundo de debilidad todos perdimos.


©Andrés Rodríguez

FANTASMAS DEL AYER


Ha terminado la semana, la rutina diaria ha concluido. Comienza el no saber, el vacío se acentúa, todo silencio asfixia, en la casa resuenan voces y fantasmas del pasado. Escapando de todo salgo a caminar sin rumbo ni horizonte.
El trajinar es diferente, nuevos actores se suman; ausente el bullicio de días de actividad la ciudad se muestra apática e indiferente para los que la transitan, cada uno con sus historias y pesares.
Me siento en un bar, pido un café.
No hago más que observar el entorno, pendiente de aquellos que transitan tiempos como el mío, algunos con la mirada perdida, otros leen un diario o libro, aislados. Parecen autómatas.
Qué esperan ellos, qué espero yo, deseos, anhelos, ansias que podamos realizar. Somos multitud, cada uno en su propio desierto.
Café, otro cigarrillo, el diario, hastío.
Dibujo palabras en una servilleta estampando destierros, renaciendo aspiraciones.
Por momentos siento que todos somos actores de una tragicomedia.
Me detengo en cada rostro, cada mirada, a la búsqueda de alguna señal que no se produce, junto a mí transita la soledad. Aun así persisto, no me resigno seguir este camino.
El día se acaba, todo sigue igual; el tiempo pesa, una cena con la soledad, cansancio, el regreso.
Abro la puerta, dentro, los fantasmas se niegan a abandonarme.
Dormir, en los sueños tal vez obtenga alguna felicidad.



©Andrés Rodríguez

domingo, 3 de agosto de 2008

ALGUNA VEZ




Había una vez,
¿realmente había una vez?
¿una vez o una de tantas?
¿había o habría?
quizás podría haber
de vez en vez
en algún momento pudiera haber habido,
siempre hay o esperamos que haya,
¿por qué siempre comenzar había una vez?,
si sabemos que de todo siempre hay
incluso de aquello que no tenemos
o creemos no tener.



©Andrés Rodríguez

MUDEZ


Cae la tarde. Sólo silencio, sin canto ni viento. La soledad perfora mis tímpanos. Llega la penumbra, todo se opaca. Duele cada vez más. Esta noche acuden fantasmas que creía idos. Ésos que aguijonean mi mente. Buscan revivir recuerdos, soledad mal acompañada, dolor, hastío.

Silencio



©Andrés Rodríguez

EL PAÍS DE HABÍA UNA VEZ


En un país de grandes dimensiones e incalculables riquezas, había una vez un reino, un Rey, una Reina y todos sus cortesanos.
Este Rey estaba en retiro transitorio debido a que, en tiempos anteriores, había tenido un gran desgaste y debía descansar por cuatro años. La Reina ejercía, al menos lo que todos creían, el poder.
El aspecto de ella era muy bueno, de presencia cuidada, solía lucir sus encantos con gran aplomo, de gran personalidad y elocuencia, conseguía lo que deseaba. Su obsesión era parecerse a aquella que hacia muchos años acompañó a otro Rey.
Amante de la comunicación, no perdía oportunidad de reunir al pueblo para hacer gala de su incisiva retórica.
El reino estaba dividido entre los que la idolatraban y quienes la veían insustancial.
Los días transcurrían sin sobresaltos. Normales para los súbditos, acostumbrados a los reclamos de algunos plebeyos que, en busca de posicionarse mejor en la corte, sometían a los demás a algunos trastornos. Eran útiles para que el reino pudiera a través de ellos, demostrar su generosidad.
Hacía poco que la Reina había empezado a reinar, el Rey con gran solicitud la apoyaba con su consejo, acompañándola en las nuevas funciones que debía desempeñar.
Reinaba para terratenientes, herreros, mercaderes y plebeyos.
Los terratenientes estaban conformados por grandes, medianos y pequeños.
Durante prolongado tiempo ocuparon un importante espacio en la corte, también generaron, a lo largo de la historia, muchos golpes palaciegos. A veces sustituyendo al rey, otras veces posicionándose.
En los otros reinos comenzaron a escasear los alimentos. Los terratenientes se alegraron, podrían tener más riquezas y poder.
Pero no contaban con que el reino quisiera una parte de esa riqueza.
Con un edicto real, la Reina reclamó su parte; aquellos, azorados, se negaron rotundamente.
Entonces se declaró el conflicto, reino y terratenientes se enfrentaron.
En medio quedaron herreros, mercaderes y plebeyos. Los herreros tuvieron que dejar de fabricar, los mercaderes de vender y los plebeyos de comer.
Los terratenientes guardaron sus granos, sus carnes y cortaron senderos. Comenzó a escasear el alimento en las comarcas.
El reino se sumió en la incertidumbre; y hombres y mujeres en la desazón.
Discutieron, se pelearon, buscaron mediadores; todo fracasó. Ninguno quiso ceder esa parte de la futura riqueza. En las calles se encontraron los que apoyaban a la Reina, los terratenientes y quienes tenían hambre.
Segura que obtendría lo que quería, reunió al consejo del pueblo para dirimir el conflicto que ya llevaba muchos meses. El consejo deliberó y dio la razón a los terratenientes. La Reina debía anular el edicto real.
Hoy en el reino sigue todo igual, los terratenientes más ricos, los plebeyos más pobres y la Reina menos reina.


©Andrés Rodríguez